Alberto Aranguibel B.// Tintori: el capitalismo bonito

Alberto Aranguibel B.// Tintori: el capitalismo bonito

Como sistema económico el capitalismo es repugnante. Someter a la sociedad a la vil explotación que el capitalista ejerce sobre el trabajador para permitir que una pequeña porción de ella disfrute de los más fabulosos placeres de la vida mientras el obrero y su familia padecen la tortuosa carga de la producción, sometidos a las carencias y sufrimientos indecibles a los que la pobreza obliga, es definitivamente el más cruel de todos los procesos de opresión que haya conocido el ser humano a través de la historia.

El rostro de ese modelo depredador e inmisericorde es la desigualdad social, que el propio capitalismo trata de hacer ver como un acontecimiento inevitable surgido de la disposición natural de los elementos del universo ordenada por el Creador, pero cuya crudeza ante los ojos del mundo señala inequívocamente al afán por la acumulación de la riqueza en pocas manos como la causa inexcusable de tal aberración.

Los sentimientos más viles del ser humano son los que expresan como esencia vital al capitalismo. La codicia, la mezquindad, la avaricia y la usura, son solo componentes de toda una concepción filosófica que se asienta en el deseo de lucro por encima de cualquier otra razón o deseo de quienes conciben ese modelo como el ámbito ideal para la expansión de la vida.

La indiferencia frente al dolor ajeno y el regocijo por la muerte del prójimo (como el que expresa hoy la casi totalidad de la militancia opositora contra los chavistas) es el lindero mismo entre la locura y el fascismo que transita la derecha para alcanzar su ideal de sociedad.

Por donde se le mire, todo en el capitalismo es aterrador y espantoso. Por eso tiene que hacer su más grande esfuerzo ya no en el ejercicio de la explotación del hombre por el hombre o de la violencia para tratar de contener y diluir el talante revolucionario de los pueblos mediante la fuerza de los ejércitos, sino para esconder a como dé lugar esa inmunda faz que le pone tan en evidencia ante el mundo. Su mayor urgencia es la de hacerse aceptable a los ojos de los mortales.

Sobre los hombros del cine norteamericano recae el mayor peso de esa titánica tarea de convencer al común de la gente de que la pobreza que hoy crece a pasos agigantados en el mundo entero no es culpa del modelo capitalista. El espectador de cine y televisión recibe a diario el bombardeo subliminal permanente, en el que se le hace creer que solo en los Estados unidos existen ciudades esplendorosas, plenas de gratos ambientes con calles, parques, clubes y viviendas de ensoñación, con gente amable y risueña que come todo cuanto desee comer y disfruta el confort más amplio, accesible y perdurable, mientras en el resto del planeta las calles son intransitables, inseguras, anárquicas y las viviendas sucias, irrespirables e inhóspitas y sus gentes desagradables y hasta asquerosas.

El afán por hacerse ver bonito, glamoroso y fascinante, obliga al capitalismo a imposturas descabelladas que atentan incluso contra sus propios principios ideológicos y violentan de manera sustantiva su filosofía, como las llamadas “obras de caridad” que aparecieron casi con el surgimiento de la era industrial, y que hoy la gran corporación denomina ampulosamente “Acciones de Responsabilidad Social”. Algo así como una enjuagada universal de la ruindad del modelo.

Uno de esos programas de “acción social” es, por ejemplo, el que adelanta desde hace casi treinta años La Lagunita Country Club en los antiguos terrenos de Eleazar López Contreras en las afueras de El Hatillo, a través del cual acaudalados socios de dicho club (más bien pocos) enseñan anualmente a una treintena de niños pobres de los barrios aledaños a jugar golf y los preparan para su eventual incursión en el deslumbrante mundo del deporte de los magnates. Si luego del aprendizaje alguno de ellos quisiera ir a probar suerte en las grandes canchas del imperio, los promotores del programa reunirán lo indispensable para asegurar el financiamiento del viaje.

Para esa gente del club, tendría que ser demasiado malagradecido y mala gente el muchachito que después de eso se le ocurriera tan solo tararear aunque fuesen los característicos tres acordes introductorios de La Internacional.

El carácter humillante y vejatorio de las clases burguesas tiene en el golf uno de sus más acabados escenarios; allí el jugador (el rico) recorre las prolongadas extensiones de las canchas con entera comodidad y frescura, mientras un ayudante (el pobre) hace las veces de bestia de carga, llevándole el bojote de fierros al buen burgués a cambio de un salario miserable rayano en la mendicidad. En el argot del golf al pobre no se le dice pobre sino “caddie”.

En el Valle Arriba Golf Club hay también un programa de acción social, esta vez para atender las necesidades de los “caddies”. La página web del club lo describe así:La Fundación Orellana junto a la colaboración de un grupo de socios del club Valle Arriba, quienes demostraron preocupación e interés en hacer algo por ayudar a mejorar el nivel social y económico de los caddies […] Ininterrumpidamente por 42 años celebra en el Club Valle Arriba, “el Hallacazo”, donde se ofrece a los caddies un torneo de golf, seguido de la celebración de un almuerzo navideño para estos y sus familiares”.

A lo largo y ancho de los extensos terrenos del club, no se conseguirá jamás a nadie disertando sobre la incongruencia que entraña la caridad surgida del alma putrefacta del usurero avaro y explotador que por lo general usa esas canchas. Una expiación contranatura que clama al cielo con cinismo sin parangón cuando en el mismo texto acota: “Resulta difícil que toda esa información se proporcione en toda su extensión, ya que su lema es ‘Hacer, hacer y no aparecer’”. Candorosos.

Por eso la esposa de un terrorista contumaz como “el monstruo de Ramo Verde”, es perfecta como símbolo para el capitalismo. Una joven agraciada que reúna las cualidades del fenotipo clásico de la belleza burguesa (raza blanca, pelo rubio, nariz bien perfilada, y mucho dinero) tendrá siempre asegurado el más fructífero porvenir, incluso sin proponérselo. Los yates más lujosos atracarán a su puerto, los jets privados taxearán por sus pistas, los Rolls Royce más lujosos le abrirán sus puertas, los dignatarios y miembros de la nobleza la recibirán gozosos… y los premios más renombrados de la burguesía le serán otorgados.

Aprovechando intensivamente la muerte de más de cuatro decenas de venezolanos para obtener fama, renombre y prestigio universal, una mujer como ella puede alcanzar el cenit de la gloria apenas con un breve gimoteo muy bien colocado frente a las cámaras que en todo momento pondrá a su disposición el capitalismo para satisfacer el clamor mundial de ese “discreto encanto” del que habló Buñuel, tan necesario para que el modelo se arraigue en lo más profundo los corazones de la raza humana.

De ahí que el galardón que le otorgara esta semana a esta versión seudo pasionaria del neoliberalismo, la Fundación Paz, Justicia y Seguridad, en la ciudad de La Haya, le fuera entregado por una de las más despampanantes símbolos sexuales de todos los tiempos, la señora Sharon Stone, como en juego perfecto de sincronía icónica de los más emblemáticos elementos de la belleza capitalista; la superioridad étnica, el poderío opresor del fascismo y la aplastante fuerza y voluntad del dinero.

A esa deslumbrante tarima no subirá jamás ninguna de las viudas de quienes fueron vilmente acribillados por el fascismo en las guarimbas que el esposo de la señora Tintori tuvo a bien ordenar en uno de sus recurrentes arrebatos de frenesí por el poder. Las viudas, hijos y demás familiares de esos muertos (que no significan absolutamente nada para el capitalismo) son gente humilde de la más pura extracción popular y no heredan abolengo alguno que les haga merecer ni siquiera el resplandor de las luminarias que la mediática y la institucionalidad burguesa destinan para uso exclusivo de sus más valiosos exponentes.

En todo ese entramado corporativo, diseñado minuciosamente por los sectores dominantes para ejercer con precisión su dominio sobre los humildes, solo son bien recibidos los oligarcas porque son ellos la verdad y la vida del capitalismo. Sus muros no están blindados con refuerzos de acero o aleaciones de titanio, sino con la impenetrable solidez de la ideología de la dominación.

Si alguien debe ser llevado a sus tribunales internacionales, deberá ser siempre aquel que se erija en líder popular y defienda la soberanía de su pueblo. Pero de ninguna manera el genocida delirante que ordene masacrar frente a las cámaras a la indefensa población que reclame respeto a su derecho a la justicia y la igualdad social.

@SoyAranguibel/Sept 11 2016-09-11

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