Clodovaldo: La depravación del alma de Almagro

Clodovaldo: La depravación del alma de Almagro

Todos hemos visto a alguien depravarse. Un caso típico es la persona que se deja cautivar por alguna droga y luego termina haciendo cualquier cosa para conseguirla. En la política, la depravación es un mal frecuente, quizá porque el poder (que es el meollo de la lucha política) resulta ser la droga más alucinante que se conozca.

La reflexión viene a cuento por la conducta del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), el uruguayo Luis Almagro, protagonista, en la plenitud de la cincuentena, de un acelerado proceso de depravación que ya trasciende lo político y recala en lo personal. A Almagro se le depravó el alma.

Cualquiera puede decir que llamarlo depravado es insultar al encumbrado diplomático, excanciller del gobierno de José “Pepe” Mujica. Pero no, no es un insulto, sino la descripción fiel de lo que le está pasando.

Almagro se enganchó con la droga del poder multinacional de la OEA y eso lo llevó a su primer descaro: saltar la talanquera para convertirse en un operador del imperio en el foro interamericano, luego de haber sido pieza clave en la integración de organismos como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Ya se mostraba sin vergüenza alguna cuando recibió oficialmente a un prófugo de la justicia venezolana, pretendiendo legitimar su supuesta condición de exiliado.

En su ruta cuesta abajo en la rodada, asumió la iniciativa (que no le corresponde) de promover la aplicación a Venezuela de la Carta Interamericana. Y ahora ha llegado ya al extremo de reunirse con varios de los más recalcitrantes senadores de la ultraderecha gringa, enemigos jurados de la Revolución Bolivariana, para “lograr su apoyo a mi iniciativa por Venezuela”, según escribió, orgulloso, en su cuenta de Twitter. Qué depravación.

Jun 22, 2016

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