¿Después del acuerdo qué?: “En Colombia nos tocará desarmar las palabras”

¿Después del acuerdo qué?: “En Colombia nos tocará desarmar las palabras”

El anuncio de la firma del acuerdo sobre el fin del conflicto armado en Colombia fue recibido con alegría, sin embargo, para creadores y activistas culturales del país suramericano, el gesto de La Habana es apenas el inicio de un desarme más complejo: el discurso de la violencia.

“Habrá que ir desarmando las palabras porque aún están cargadas de mucha violencia. Para eso hará falta mucha pedagogía y en eso la cultura puede ayudar muchísimo: a sanar, a buscar la verdad, a tener una especie de reparación”, considera Sergio Restrepo, gestor cultural y director del Teatro Pablo Tobón de Medellín, en entrevista a RT.

Restrepo, quien recibió el anuncio desde Bruselas, considera que la firma del acuerdo es un punto positivo pero que “hará falta un callo duro” para afrontar la etapa siguiente, no sólo porque las expectativas son muy altas sino “porque el país se va a polarizar mucho más y eso se usará, sin duda, con fines electorales”.

Además de ese aluvión de polarización que se prevé en la esfera pública, la rúbrica del acuerdo supone que se hagan visibles realidades que permanecían soterradas por el conflicto, advierte Restrepo: La desmovilización de miles de personas que ahora tendrán que integrarse al ámbito civil, las profundas desigualdades sociales que deben resolverse para evitar el resurgimiento de actores armados y la necesaria presencia del Estado en zonas que históricamente han sido marginadas.

El Gobierno de Colombia y las FARC estampan histórica firma de cese del fuego

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Ese proceso tendrá que hacerse en medio de un contexto económico complicado para Colombia, que este año ha sido afectada por la caída de los precios del petróleo y de la explotación del carbón, así como la depreciación de su moneda con respecto al dólar. El reto en ciernes, afirma Restrepo, es que el país retome la senda del crecimiento pero que el gobierno actúe para que ese auge retorne a la sociedad con mayor equidad.

“No vamos a superar tan rápido el conflicto porque son muchos los intereses antagónicos y los ánimos están crispados. La paz no se logra únicamente con una negociación o cese al fuego entre gobierno y las FARC, pero en todo caso, este proceso desescala la confrontación. Por ahora, estamos en la etapa de un post-acuerdo, no del post-conflicto”, sostiene Restrepo.

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Para el director del Festival de Poesía de Medellín, Fernando Rendón, la firma del cese bilateral de hostilidades previsto para este jueves, “es la realización de un sueño de varias décadas para varias generaciones de colombianos que han padecido en carne propia todo el oprobio y toda la crueldad del conflicto doloroso y sangriento”.

A Rendón la noticia lo tomó por sorpresa y en medio de la cita que reúne en Medellín, la segunda ciudad más poblada de Colombia, a cientos de poetas nacionales e internacionales: “No sólo se abre una nueva época de reconciliación y recuperación del diálogo entre posiciones divergentes, sino que vamos a fortalecer la lucha por la belleza, por la convivencia”, declaró en entrevista a RT.

Esperamos que el gobierno entienda que el conflicto no es solo con la guerrilla sino entre el Estado y el pueblo

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Rendón, al igual que Restrepo, considera que éste es apenas el comienzo de un camino largo. “Lo que viene, naturalmente, es un post-acuerdo (…) El conflicto social no ha terminado, el conflicto político tampoco, y el conflicto cultural menos porque siguen en pugna una cultura de la masacre, de la violencia y de expoliación, contra la idea de una patria para la libertad, para la creación y para la expresión democrática”.

Son sentimientos encontrados, confiesa. Por un lado, la alegría por la expectativa de que “Colombia pueda vivir en paz después de un infierno de guerra y se abra un período de prosperidad, de florecimiento cultural, de un nuevo espíritu generoso”, y por el otro, el temor de que se repita una historia de compromisos diluidos.

“Esperamos que el gobierno entienda que el conflicto no es solo con la guerrilla sino entre el Estado y el pueblo. Debe estructurarse un diálogo con la Colombia profunda de la selva, del campo, de las comunidades de base, de toda la sociedad colombiana para que podamos tener la certeza de una paz duradera”, apunta.

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El director del Festival de Manizales, Octavio Arbeláez, estima que el acuerdo no es el último día de la guerra, pero hace que la paz sea “una utopía posible, próxima”.

“Es el comienzo del fin de un período de agudización de las contradicciones que dieron origen a las formas más violentas de enfrentarnos entre nosotros”, sostiene en declaraciones a RT. Porque el asunto está allí, dice, en el carozo del conflicto: en el miedo como relación social “que expropia la energía del cuerpo y la capacidad de construir un mundo del habla, la conversación y la imaginación”.

Si bien considera que Colombia ha avanzado mucho en enfriar el caldo de la confrontación social, lo que se evidencia en la disminución del número de víctimas del conflicto en los últimos años, “la violencia sigue siendo un campo sobre el cual se habla poco y al cual, en muchos casos, se le teme. Este es un referente significativo desde el que se debe trabajar por la gente de la cultura”.

La cultura, insiste, es el espacio idóneo para generar nodos, “espacios para la paz, el diálogo y la participación social”. Ya hay un camino andado con la labor de las comunidades de base en el país suramericano pero que no tienen suficiente “vinculación entre sus redes de conversación y acción, en un contexto donde perviven niveles de exclusión en diferentes esferas, acusándose profundamente en el mundo afro e indígena”, asevera Arbeláez.

“Diálogos de nación, sin excluidos, es nuestra necesidad”, agrega.

Datos del Grupo de Memoria Histórica (GMH) señalan que el conflicto ha causado la muerte de unas 220.000 personas entre el enero de 1958 y el 31 de diciembre de 2012, de las que 81,5% correspondían a civiles, las principales víctimas de la confrontación armada.

Además de la violencia letal, cifras del Registro Único de Víctimas (RUV) señalan que hasta el 31 de marzo de 2013 se reportaron 25.007 desaparecidos, 1.754 víctimas de violencia sexual, 6.421 niños, niñas y adolescentes reclutados por grupos armados y más de 5,7 millones de desplazados, un número que equivale a 15% del total de la población colombiana.

Según datos de la firma Cifras & Conceptos, entre 1970 y 2010, hubo más de 27 mil secuestros y se cuentan más de 10.189 víctimas de minas antipersonal, desde 1982 hasta 2012, refiere el Programa Presidencial de Atención Integral contra Minas Antipersonal.

Pero las cifras no son capaces de traducir una herida que se abrió por la tierra. El despojo, el uso y la apropiación del campo en Colombia fue el germen de la violencia que, en más de medio siglo, ha cobrado dimensiones inmanejables al sumar fenómenos como el narcotráfico, el paramilitarismo y la explotación minera y energética, refiere el informe general del GMH.

La mayoría de los victimarios no han sido combatientes de la guerrilla o efectivos del ejército, sino pertenecientes a grupos al margen del Estado que, en alianza con poderes fácticos, han escrito su propia caligrafía del terror: por cada masacre que perpetraron guerrilleros, los paramilitares efectuaron tres.

“Las autodefensas, las bandas criminales, el paramilitarismo, no son más que un síntoma de la debilidad del Estado. Por eso es impensable que este sea el fin del conflicto”, recalca Restrepo. Y Arbeláez coincide: “Los conflictos subsistirán desde sus múltiples dimensiones, dada su relación íntima con la forma del Estado y con el deterioro de las relaciones sociales”.

Lo que se firmará este jueves en La Habana contempla el cese al fuego y de hostilidades entre el gobierno y las FARC-EP; la dejación de armas; las garantías de seguridad y la lucha contra las organizaciones responsables de violaciones de Derechos Humanos, incluidos los grupos sucesores del paramilitarismo; y la persecución de las conductas criminales que amenacen la construcción de la paz.

La suscripción de ese tratado inicia, para Arbeláez, “la etapa del post-acuerdo, un acuerdo que debe ser apropiado culturalmente, que permita la irrupción de nuevas dimensiones de una cultura democrática por espacios y tiempos de libertad y creatividad”.

Es, también, el resquicio por el que Restrepo sueña un país posible pero, hasta ahora, desconocido: “uno donde podamos convivir en la diferencia, en el que podamos construir relatos desde la cotidianidad y cerremos esa brecha social que en Colombia es inaudita”.

“Ojalá el espíritu de este acuerdo pueda transmitirse al pueblo de a pie, de base, que es el gran creador de su destino. Mi esperanza es que este diálogo permee en todos los estamentos sociales para iniciar juntos la lucha por la existencia, por la belleza, por el amor, por la vida”, sostiene Rendón.

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Lo que sí es una certeza es que, después de casi cuatro años de negociaciones, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, da hoy un paso decisivo hacia la pacificación del único conflicto armado que queda vivo en la región. Al menos en La Habana hubo “pelo pal’ moño”.

El anuncio de la firma del acuerdo sobre el fin del conflicto armado en Colombia fue recibido con alegría, sin embargo, para creadores y activistas culturales del país suramericano, el gesto de La Habana es apenas el inicio de un desarme más complejo: el discurso de la violencia.

Nazareth Balbas/RT-Reuters

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