Gerónimo Pérez Rescaniere: El Fondo Monetario Internacional está chingo por ayudarnos

Gerónimo Pérez Rescaniere: El Fondo Monetario Internacional está chingo por ayudarnos

Yo nunca veo este programa Vladimir a la una y, en general, la televisión, pero ahora Lourdes ha decidido que no es sirvienta e instaló el televisor en la cocina, de modo que me ha tocado escuchar a ese señor, mirarlo con la cara de muchacho bueno que pone mientras oye a los invitados.

Un muchacho sin maldad. Ya no entrevista chavistas, casi, porque el canal ha dado una vuelta oposicionista o porque él es de los que dirigen esa vuelta, ignoro su jerarquía dentro de aquellas oficinas, que supongo lujosas.

La cosa me sirvió porque hace como dos semanas vi a un señor que me iluminó acerca de en qué trama están los escuálidos en este momento.

No sé su nombre porque apenas me detuve un momento, pero sí comprendí por qué, después de decir que los problemas del gobierno venían de lo mal que ha manejado la economía del país, y mostrarse de acuerdo con la rectificación neoliberal que, supone él, está realizando el presidente Maduro (en eso se van a llevar un susto que los va a dejar como perro en autopista) se lanzó con la verdad:

—Hay que recurrir a la ayuda internacional.

Lucía muy sentimental, se preocupaba por la gente que está enflaqueciendo y repitió que hay que recurrir a la ayuda internacional.

En tiempos de Uslar Pietri aprendí lo que es un agente de influencia. Es uno que es oído en un ambiente donde se toman decisiones de importancia, en la instancia que otorga los contratos de puentes, por ejemplo, o en la política internacional, o en la industria del aluminio. Uno que se mueve a nivel de ministro, no un pelagatos, pues, como dice un personaje de una novela del dicho doctor Uslar, –un retrato en la geografía– “con pendejo no se va ni a misa”.

Ese es lenguaje de tiempos medinistas, hoy yo creo que no van a misa ni los miembros de la Conferencia Episcopal, pero lo de la influencia rige. En ese entonces se le entregaba a la persona una carpeta con trescientos documentos, estudios de los negocios en juego, antecedentes, cifras, etc, el tipo los estudiaba y decía: “Quiero influir”, porque había visto posibilidades de hacerlo a partir de tal amigo bien posicionado, o le conocía el tumbao a fulano, o se echaba palos con el hermano natural del que decide y podía llegarle con una oferta de real puesto en Suiza sin que fuera a salirle con una pata de banco. Cobraba una primera parte y en un plazo, o influía y cobraba o quedaba mal con la embajada.

Pero tampoco era un bobo

Había los que ganaban con una gestión para comprarse una casa en la playa, y hubo el que simplemente recibió un flux de tergal con camisa y dos corbatas. Este señor de la entrevista de Vladimir no creo que fuera de los de una casa, aunque trataba de aparentar con tremenda pinta pero tampoco era un bobo. Es la clase de tipos que pueden aparecer en una directiva de banco como suplentes o en una ONG, también como suplentes, y usan un lenguaje pulcramente neoliberal. Trataba de influir en lo de la ayuda internacional, urgía para ello. El medio no era el ideal porque esas cosas no se deciden por televisión, pero por lo menos podía verlo alguien de peso e incluirlo. Ahí fue donde me dije: “Están desesperaítos”.

Sí, porque tienen el viento en contra. Me explico. Un doomping es un arma en la lucha empresarial en la que una compañía baja los precios brutalmente para quebrar a una competidora. Perderá dinero durante un tiempo, ha calculado las cifras y las del otro, y se zumba esperando que el enemigo, vencido, venga a venderle las acciones baratas y con eso un mercado, una tecnología, cartera de clientes, de proveedores, cosas así. Eso lo hicieron con Venezuela. Después que asesinaron a Chávez se lanzaron a la loca con unos saqueos, y nada, después con la guarimba, y nada, iban a matar a Leopoldo López para desatar la guerra civil, como hizo Francisco Franco con Primo de Rivera, y no funcionó.

Entonces vino la guerra económica, y esa sí funcionó. Vino combinada con el Dólar Today, la republiqueta independiente del Táchira, la voladura de las torres eléctricas, y, lo grande, la baja del petróleo, bajó de 100 dólares el barril a 25. La tapa del frasco fue la declaración de Venezuela como peligro grave e inminente para la seguridad de los Estados Unidos. De ñapa vino la declaración de Obama de su esperanza de que los venezolanos tumbaran a Maduro. Y no funcionó. O sí, porque ganaron la Asamblea y pusieron a Ramos Allup en el cargo que todos conocemos.

Pero, otra vez serrucho atracado. Ley que zumban ley que se las tumban. Gran alharaca en la OEA que no terminó en nada. Y entonces aparece como una necesidad el fin del doomping. Porque la empresa que lanza el doomping tiene límites en las pérdidas.

Si pasa el tiempo y la otra compañía no se rinde, y siguen las pérdidas y no se rinde, y siguen, llega el momento de decir “no se rindió, paremos la cosa”. Algo de eso ha habido con los precios del petróleo, algo han subido y estarán en 70 a finales de año.

Pero esa entusiasmante lógica no funciona totalmente bien en Venezuela. No hay que esperar que los que mandan a Obama le digan que ya basta de sacar un petróleo de esquisto a 60 dólares para venderlo por la tercera parte. Eso vendrá, pero no fácilmente, porque el valor de Venezuela es demasiado inmenso. Venezuela no es sólo Pdvsa, que es la segunda empresa en tamaño mundial, es también la Faja, que es la mayor reserva petrolera del planeta, es el Arco Minero, o sea oro, diamantes y coltán. Y para colmo, agua, que es la vida nuestra y el deseo de los que han gastado la suya.

Demasiado, inmenso, sí, y, en consecuencia, peligrosísimo, y para colmo, urgente. Urgente, sí, de Venezuela, léalo bien, depende el equilibrio mundial. Y la pulsión equilibrio-desequilibrio está acelerada hoy.

Cambiar petróleo, comida, todo, por dólares casi sin oro. El presidente Chávez habló del equilibrio mundial como uno de los objetivos trascendentales de Venezuela, el Libertador señala el equilibrio mundial como un desiderátum en la Carta de Jamaica. Es eso. Hoy se vive una guerra mundial entre dos bloques, por un lado el formado por Estados Unidos y Europa y Japón, por el otro el que constituyen China y Rusia. Hay una serie de etcéteras –árabes, Corea, India– que no cabe detallar. Eso es lo central. Y, grave y mala noticia, la globalización ha especializado a los Estados Unidos en la usura.

Ya no es industrial, a excepción de ciertas áreas, su trabajo es cambiar petróleo, comida, todo, por dólares piratas, dólares sin casi oro en su base, dólares que son cada vez más tinta sobre papel y el retrato de Washington y el triángulo con el ojo que todo lo ve. Pagan con eso y al que no acepte su papelería lo declaran violador de los derechos humanos y le lanzan bombas, como hicieron con Saddam Hussein, con Khadaffy. A China y a Rusia no le pueden zumbar bombas y están rechazando el dólar. Rechazándolo y pagando sus compras con moneda bien respaldada con oro. Van a destruir el dólar, a agostarlo, nadie va a querer aceptarlo y, ¡mire qué casualidad!, el oro está en Venezuela. Ese es nuestro tesoro y nuestra falta de paz.

Hay que endeudar a Venezuela, pronto. Ya no es posible derrocar a Maduro y poner un presidentico escuálido que privatice Pdvsa, entregue la Faja petrolífera y llame una tropa extranjera que maneje el Estado Bolívar y el territorio Amazonas. Pero quizá se pueda endeudar.

Rápido, el Zulia se quedará para después. Rápido porque después de que suba el petróleo y entre dinero del oro, nadie parará a ese país.

Rápido, hay que acelerar el desabastecimiento, la inflación, la delincuencia, argüir la crisis humanitaria. Los Estados Unidos están chingos por suministrar la ayuda internacional.

No creo que lo lograrán.

Ago 21, 2016

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