La apuesta

La apuesta

Lo terrible de empezar a celebrar aniversarios al lado de una persona, no es la rutina, que te hace ver idénticos los días, uno detrás del otro. Tampoco el espanto de perder el pudor y sorprenderte cagando con la puerta del baño abierta mientras tu mujer cocina en el pasillo de enfrente. O hacer el amor pensando en Scarlett Johansson, para que tu pareja no se deprima y crea que ya no la deseas. Lo peor es el temor a despertar en mitad de la noche y no saber por qué estás compartiendo la cama con el individuo que duerme a tu lado.

—Ayer desperté y me dieron ganas de patearla —me confiesa un amigo, cansado de su matrimonio.

A mí me ocurre también, pero a la inversa. Mi mayor temor es despertar un día en el suelo. Que mientras duermo, Fiera se pregunte por qué demonios está conmigo, qué la llevó a cometer el suicidio de su independencia para empezar a conjugar la palabra futuro con la primera persona del plural. La verdad sea dicha, buen amante no soy. Tampoco tengo dinero en exceso. Aún así, un lustro atrás, apostó todas sus fichas al caballo rengo.

—Nos vamos a vivir juntos —dijo, en imperativo.

No pudo escoger un peor momento. Su salón de belleza apenas cuadraba cuentas para pagar el sueldo de su estilista, yo estaba desempleado y en el ínterin se me reventaron los ligamentos cruzados y los meniscos de la rodilla. Teníamos tres perros que alimentar y con el tino de enfermarse de gravedad cuando no había dinero ni para pagar la renta de una casa microscópica. Cuando íbamos al supermercado, el carrito era una excentricidad, las bolsas de la compra bien podíamos cargarlas con una sola mano. Sin embargo, no hubo día en el que no pudiéramos poner un plato de comida sobre la mesa. Fiera cocinaba guisos en las madrugadas que se multiplicaban por arte de magia. E invertía sus últimos ahorros en imprimir, engargolar y empaquetar los borradores de mis novelas que enviaba a todas las editoriales que no se cansaban de rechazarme. Juntos aprendimos la capacidad del ser humano de sorprenderse cuando las cosas van peor de lo que podían imaginar.

Ahora que cumplimos otro aniversario, en una casa de dos plantas y haciendo el supermercado con el carrito lleno, me levanto en mitad de la noche y reconozco más que nunca al individuo que duerme a mi lado: la mujer que pudo apostar a lo seguro pero prefirió arriesgarlo todo.

Rodrigo Solís
pildoritadelafelicidad.com
rodrosolis@gmail.com

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