La jugada maestra

La jugada maestra

Están el Presidente de México, el Primer Ministro de Canadá y el Presidente de los Estados Unidos delante de decenas de fotógrafos. Los tres sonríen, saludan al público, se abrazan, y cuando van a estrecharse la mano para la foto oficial, comienza el show. Los mandatarios cruzan apretones de manos a diestra y siniestra. En pantalla un revoltijo de extremidades nos anuncia que estamos a punto de presenciar otro mítico episodio.

Horas después, tal como anticipamos, el capítulo es un éxito y aparece en el muro de Facebook de cientos de miles de personas, en decenas de canales de YouTube e incontables medios de comunicación.

Me levanté y aplaudí. Lo juro por las cenizas de mi padre, que me enseñó a ser un buen perdedor. Qué genios, pensé. Nos hicieron creer que su estrategia para regresar al poder fue la de escribir el libreto de una telenovela rosa, estelarizada por el galán que conquista a la actriz famosa. Y lo creímos. Todos. Recalco: todos. Incluso los intelectuales, que se rasgaron las vestiduras dando (según ellos) spoilers de la trama: <<¿Están ciegos o qué?>>, preguntaban a los cuatro vientos. <<Nos programaron una telenovela para idiotizarnos frente al televisor>>, bramaban.

No quiero emocionarlos, pero están ante una primicia. Igual o mayor a la que escucharon sus padres y abuelos cuando Mario Vargas Llosa dijo que México era una dictadura perfecta, y abrieron los ojos y la boca para decir que sí, que tenía razón el peruano, que le dieran el Premio Nobel no de Literatura sino del Sentido Común.

Regresemos al inicio. Tras la rocambolesca sesión de fotos, el Primer Ministro de Canadá le da una palmada en la espalda al Presidente de México para invitarlo a descender las escaleras del escenario, al ver que a éste se le ha olvidado cómo levantar un pie detrás de otro. El Presidente mexicano, al sentir la premura del Primer Ministro canadiense, agacha la cabeza, mira al vacío y extiende la mano hacia el frente en claro ademán de “las damas primero”.

¿Dónde había visto yo esa inflexión de cuello precedida de la mirada bovina, preludio de una torpeza mayúscula?, me pregunté, y fue entonces, y sólo entonces, cuando me vi mil y un veces desternillado de la risa frente al televisor, enfundado en mi niñez.

Tac. Fue el sonido del descubrimiento que me devolvió al presente, delante de la pantalla de mi computadora. El mismo sonido monosílabo en el tímpano cuando se me rompieron los ligamentos de la rodilla jugando Fut 7. El mismo sudor frío en la espalda. La misma negación inicial y la misma resignación final al sentir la estocada del dolor.

El Presidente es Roberto Gómez Bolaños. Sí, Chespirito. Ríanse, pero es la verdad. Cuando la gota derrama el vaso de la estupidez empezamos a sentir pena. Incluso llegamos a conmovernos. Es inevitable. Es humano. Es mexicano. Lo aprendimos durante décadas y lo heredamos a las nuevas generaciones colocando en un pedestal a nuestro máximo ídolo. Enrique Peña Nieto es el Chavo del 8. Enrique Peña Nieto es el Chapulín Colorado. Enrique Peña Nieto es el Chaparrón Bonaparte. Enrique Peña Nieto es el Chanfle. Enrique Peña Nieto es el Chómpiras (antes de abandonar el hábito de ser un ladrón).

Desde el 2009 una página web intentó alertarnos. Incluso tituló y dividió los capítulos por temporadas. Los chistes, aunque previsibles y repetitivos, no por ello dejan de ser hilarantes. Hay tropezones, confusiones inverosímiles, metidas de pata por doquier. Un clásico instantáneo.

Por eso aplaudo, con dolor y de pie. La jugada final fue maestra. A los reyes se les derroca, en especial si son guapos. En cambio, a un peón disfrazado de bufón hay que humillarlo, reírse de sus bobadas, de sus trabalenguas, de su infinita estupidez, mientras la mano detrás del tablero nos hace jaque mate sin querer queriendo.

Por Rodrigo Solís

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