La máquina del consumo

La máquina del consumo

Por: William Castillo Bollé

Una de las claves de la Guerra Económica consiste en destruir los circuitos fundamentales de producción, distribución y consumo que permiten que los bienes lleguen a las personas. En el campo de la producción, este fenómeno se manifiesta en una suerte de huelga empresarial no declarada que, más allá de las limitaciones derivadas de la disponibilidad de divisas, se presenta ante la población como la víctima de un esquema que frena el funcionamiento del libre mercado; de tal suerte que la mano invisible es amputada por la política de subsidios y controles, la ineficiencia del Estado… y blablablá.

Pero es en la esfera del consumo donde la Guerra No Convencional produce sus más devastadores efectos y expresa el control del sistema de El Capital sobre la sociedad. Impedir el acceso a los bienes de forma masiva, o mediante un esquema de “guerrilla”, en el cual una panadería deja de producir pan teniendo harina, o un supermercado coloca embudos a las colas para llevar a la gente a la desesperación, tiene como objetivo la destrucción moral de la población: esto, la explotación política del consumo como fenómeno social.

Paradójicamente, en un marco de “carencias”, la compulsión al consumo, más allá de las necesidades “reales”, se convierte en fenómeno omnipresente. Todos queremos consumir más y más porque estamos convencidos de que “no hay” y “no habrá”.
Ese discurso, amplificado por la industria cultural y –ahora- por los nuevos medios digitales, apunta a sustentar el imaginario de la escasez perpetua e inevitable.

Más allá de los objetos, el consumo es una forma de relación activa con la comunidad y el mundo, dice Jean Baudrillard en “La sociedad de consumo”; asociado a la manipulación perceptual de las necesidades, y a deseos irreprimibles, el consumo, o su expresión cultural -el consumismo- no es más un mecanismo de poder. Dice Baudrillard que “la función del consumo es la de control y manipulación social”. Se trata de un sistema dominante de objetos, signos y representaciones que absorbe y monopoliza todos los sentidos de lo social hasta ponerlos bajo su control. De esta forma, una marca comercial específica de harina de maíz se convierte en el símbolo único de la alimentación, y su desaparición de los anaqueles se convierte en una “tragedia humanitaria” que nos lleva al paroxismo consumista. Lo mismo puede decirse del azúcar refinada o la margarina, impuestos en el imaginario alimentario como “productos de primera necesidad”. La brecha entre necesidades reales y consumismo, se encuentra en todas partes, como en los productos de limpieza o los “cosméticos”. Consumimos marcas, estatus, valores y no bienes o productos.

El Capitalismo no es ya un sistema de producción, afirma Baudrillard. Es un sistema de consumo. Éste no debe cesar de crecer aún cuando aquella se estanque o decline. Es la producción de deseo lo que motoriza y alimenta el consumo, lo que es inherente y vital al sistema del Capital.

Por ello, es necesaria una reflexión sobre consumo y consumismo, en el marco de la Guerra Económica y en la tarea de construcción de lo nuevo. Un debate que supere el idealismo del consumo, las mitologías sobre la abundancia y la escasez, la explotación irracional de deseos construidos y reforzados por la práctica social y la industria cultural.

Es vital un debate social que –más allá de la propaganda- supere la lógica fetiche de las mercancías y recupere la soberanía del pueblo sobre sus prácticas de consumo: que permita repensar el consumo como un acto consciente, implantar la institución del boicot como acción de rebeldía política, sustituir los productos suntuarios o dañinos por alternativas ecosocialistas, generar una mentalidad de ahorro, combatir el derroche consumista, denunciar y legislar sobre la obsolescencia programada o sobre los productos nocivos, que la publicidad convierte en “esenciales”. Un debate que vincule salud y consumo, vida y consumo en un nuevo marco de teorías y de propuestas liberadoras construidas desde el pueblo.

“Sólo de pan no se vive”, dice la Biblia y repite Gino González sin haber leído a Baudrillard. “No es suficiente la arepa, pues los pueblos no son libres sólo porque se alimentan”. O pensamos. O el consumismo no consumirá.

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