Todo sobre mi padre

Desde el Jardín de niños se puede notar el rencor de la mujer hacia el hombre. Cuando se avecina el Día de las Madres, las clases se suspenden para iniciar ensayos que duran semanas redondas y desembocan en festivales, bailables y recitales de poesía en honor a las mamás. Todo lo contrario en la víspera del Día del Padre, cuando, si acaso, en la clase de manualidades se le dedica media hora a pintar ceniceros de cerámica con la leyenda “Felicidades papá”.
El odio de mamá hacia papá era, como en la mayoría de los casos, absolutamente justificado. Papá rara vez estaba en casa, y cuando lo hacía, llegaba a altas horas de la noche, tumefacto en alcohol, con los ojos inyectados de sangre, buscando encender una chispa que desatara un incendio donde mamá era quien ardía como bruja de Salem en mitad de un aluvión de mentadas de madre.

¿Le guardo rencor a papá por esto? Por supuesto, le deseé tantas veces la muerte hasta que un día se terminó por morir, justo en la etapa en que empezamos a ser amigos.

—Sólo los pendejos se mueren —me decía, dándose aires de semidios.

Mamá, aterrada, le decía que dejara de decir esas cosas, que todos nos íbamos a morir tarde o temprano, pendejos y no pendejos. Papá me miraba de reojo y se reía. Le gustaba asustarla. Luego decía que su máximo sueño en la vida era comprar una avioneta y manejarla él solito hasta el Gran Cañón del Colorado para estrellarse contra una de sus paredes de roca.

—Deja de decir sandeces —le reprimía mamá.

Papá, sin embargo, decía lo de la avioneta con el semblante serio. Nada de mirarme de soslayo y de sonrisa cómplice.

—Nunca te cases —me decía—. El peor error de mi vida fue casarme.

Este comentario, por regla general, lo hacía delante de mamá.

—Gracias, ha sido un placer arruinarte la vida —decía ella.

*  *  *

Cuando el reloj marcaba una hora pasadas las diez de la noche y las llantas del coche de papá se oían chirriar contra el garaje, todos nos poníamos a temblar.

Durante un tiempo, los buenos tiempos, la mejor estrategia era apagar las luces de las habitaciones y hacernos a los dormidos. Si bien nos iba, papá amanecía en una silla de la cocina. O tirado en mitad de la sala con un sándwich en la mano lleno de hormigas. Luego llegaron los tiempos malos. La crisis del ´94. Papá tuvo que cambiar su flamante Cougar por un Volcho, y de ahí en adelante decidió que debía despertar a mamá para que le hiciera la cena como bien merecía un hombre que se rompía el lomo todo el día en una fábrica. Tenía dos métodos: uno, aventarle un almohadazo; el otro, levantarla a punta de insultos.

Una noche, pasadas las doce, escuchamos las llantas del coche crujir sobre el garaje. Mamá nos pidió a mi hermano y a mí que nos quedáramos a dormir en su cuarto. Sólo yo accedí. Apreté con furia los párpados cuando papá entró en la habitación. Encendió la luz y comenzó su ritual de palabrotas. Le regaló a mamá un repertorio de florituras dignas de un albañil. Ante este escenario, con mamá llorando sobre la cama, lo único que se me ocurrió fue abrir los ojos e ir a sentarme junto de ella. Y llorar como la hija que siempre quiso y al final tuvo, pero que dormía el sueño de los justos en otra habitación.

—Vas a despertar a Bicho —suplicó mamá en medio de sollozos.

—Cállate —dijo papá, aventando un cenicero que se hizo pedazos contra la cabecera de la cama.

Papá nunca le pegó a mamá, pero esa noche tuve mis dudas. Se acercó tambaleante hacia ella, la sujetó del brazo y le dijo:

—Todo es tu culpa, pendeja.

Los ojos desorbitados y llorosos eran los de un borracho capaz de todo.

—Suéltala —dijo una voz a sus espaldas.

Era mi hermano. En pijama. Con su cuerpo de linebacker de los Acereros de Pittsburgh.

Papá ignoró la presencia de mi hermano como lo hizo conmigo. Como si nunca se hubiera casado y tenido hijos y ambos fuéramos unos fantasmas. Grave error. Mi hermano sujetó a papá por los brazos y lo empujó como un muñeco de trapo contra la pared.

Nunca supimos si papá se desmayó o se quedó dormido o fingió dormir al perder el honor a manos de su primogénito.

*  *  *

Al cumplir medio siglo, papá sentó cabeza. Entonces le vino un derrame cerebral en mitad de un partido de softball. Cuando entré a la habitación del hospital quedé petrificado al verlo conectado a una máquina. No parecía estar dormido. Tampoco muerto. Un par de enfermeras me clavaron sus miradas. Tomé con vergüenza una de sus manos. Siempre imaginé que de estar en una situación donde había que dar un discurso de despedida, éste sería tan emotivo como los guiones que se recitaban en las telenovelas.

No fue así. La mano de papá era porosa, de hombre trabajador, contrastaba con las mías, delicadas, de escritor anónimo. <<Habla o va a pensar que eres su hija menor>>, pensé. Intenté concentrarme. Organizar mis ideas sobre los pitidos de la máquina que indicaban que aún seguía con vida. Quise decirle muchas cosas, en especial que me enseñó que el mundo jamás colapsa cuando te atreves a hacer lo que te place en la vida. A hacer oídos sordos de la gente que siempre te dice que no se pueden hacer las cosas. A remar contracorriente. Que fue un buen tipo, incluso un borracho divertido (cuando mamá no estaba a cien kilómetros a la redonda). Pero nada de eso me pareció tan importante o relevante como decirle que me perdonara por todas las veces que me vio concentrado sobre mis libretas, haciendo supuestas tareas que me marcaban los profesores de la universidad para que un día fuera un flamante administrador de empresas que pudiera recuperar su fortuna dilapidada. Intenté confesarle que era un fraude. Que lo único que me importaba en la vida era escribir. Crear mundos paralelos. No pude. Quedé mudo.

*  *  *

Papá no era un pendejo pero igual se murió. No lo hizo a lo grande como en sus mortuorias fantasías. Padecía presión alta. El hermano de mamá, mi padrino y respetado médico familiar, le había advertido que tenía que dejar el alcohol y comer saludable, o sea, estar muerto en vida para seguir viviendo. Papá ignoró la advertencia médica.

—Antes muerto que dejar de tomar —dijo.

Escupía sangre, cagaba sangre y siempre tenía el rostro colorado como la cabeza de un fósforo. Cada que destapaba una lata de cerveza, feliz, se convertía en un kamikaze a bordo de una avioneta rumbo a el Gran Cañón del Colorado.

Por: Rodrigo Solís

rodrosolis@gmail.com

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