Zapata, múltiple y pural

Zapata, múltiple y pural

El 27 de febrero de 1929 nació, en La Grita, Pedro León Zapata, humorista, pintor, caricaturista y una de nuestras voces intelectuales más destacadas, desde mediados del siglo XX hasta su fallecimiento, el 6 de febrero de 2015. El texto que sigue forma parte del libro “Pedro León Zapata. Por amor propio”, publicado en 2012 por Los Libros de El Nacional

Por SIMÓN ALBERTO CONSALVI

Siempre me he preguntado cuántos genios e ingenios conviven en la humanidad de Pedro León Zapata. Son múltiples, y por eso pienso que al escribir sobre él (o sobre ellos) conviene hacerlo en plural. No se trata solo del humorista, evidentemente. Sucede que como humorista y caricaturista tiene un peso tan descomunal que este se encarga de ocultar a los otros. Como humorista no tiene par, sus caricaturas han llenado 50 años de historia venezolana. A través de los miles de Zapatazos se puede seguir la política desde los años 60 hasta el sol que nos deslumbra. O sea, este sol del siglo XXI que no nos deja ver claro por exceso de luz. Una luz que se parece mucho a la oscuridad, extraño fenómeno. Día tras día, como un calendario que a veces es horóscopo y a veces bisturí, que nos hace reír para no llorar, Zapata nos acompaña como el viajero fiel que llevamos al lado y sin el cual el viaje no habría sido el mismo.

El caricaturista es también el hombre que piensa, el que reflexiona y diagnostica con agudeza. Sus dibujos son excelentes, pero sus textos no lo son menos. Podemos despojar a los unos de los otros, ver sus dibujos y sus textos como escrituras y tendremos obras admirables. Las caricaturas son la suma de esas dos vertientes, del que dibuja y del que escribe, del que piensa e ilustra sus propios pensamientos. De ahí su singular significación para la historia de las últimas décadas.

No hay ningún otro testimonio de la unidad, coherencia y persistencia que los Zapatazos para entender y revisitar los años de la era democrática. Las caricaturas cuentan su historia, sus grandes o pequeños episodios, con sus protagonistas que pueden ser presidentes o pueden ser aquellos desalmados camaleones de largos rabos. O Coromotico, testigo de todos los afanes desde aquellos ranchos que parecían rascacielos en las noches y duras imputaciones en los días.

Desde los tiempos de Ramón J. Velásquez en El Nacional, y a lo largo de medio siglo, Venezuela se ha mirado en ese espejo que son las caricaturas. En el siglo XXI aparecieron otros personajes, como una zoología de la política: los sapos con charreteras que se escaparon del charco. No han tenido cuartel, o mejor, son emisarios de los cuarteles que se fugaron de sus muros para ocupar toda la nación y convertirla en un gran cuartel funerario. Zapata vio temprano el drama, y si antes escribió la historia de la era democrática, ahora ha sido también el cronista implacable de la desmesura autocrática que ha tratado de silenciarlo. Impostores de la revolución, Zapata los percibió al apenas despuntar en la escena, desde el más engalanado para abajo. El buen caricaturista no tiene miedo, porque la caricatura es un desafío a los poderes terrenales o a quienes se apoderan de ellos a través de la fuerza, la amenaza y la intimidación.

Digo que el caricaturista Zapata opaca a los otros Zapatas que andan con él, a su lado, sin separarse, como personajes paralelos. En primer lugar, tenemos al pintor, al excelente retratista de Enrique VIII o de Goya, al creador infatigable que a través de personajes como Juan Vicente Gómez penetra en las profundidades de sus psicologías. Me gustan sus feas mujeres desudas. En su fealdad está la expresión original de la pintura.

Digo que el caricaturista y el pintor han opacado al Zapata crítico, al profesor de Arte de la Facultad de Arquitectura, al enciclopedista de la pintura de todos los tiempos, de todos los estilos y escuelas, al hombre capaz de disertar con espontaneidad y conocimiento sobre Leonardo da Vinci o Miguel Ángel Buonarrotti y la pintura del Renacimiento, sobre Pablo Picasso y Henri Matisse y los grandes del siglo XX, sobre los muralistas mexicanos con quienes convivió y trató de cerca, especialmente el gran Diego Rivera. O sobre los venezolanos, desde Juan Pedro López hasta Michelena y Rojas, Reverón, Otero y Soto.

Pocas experiencias he tenido en mi vida de veedor y diletante de la pintura como las veces que he ido a los museos en su compañía. Una de esas ocasiones memorables fue una visita a la National Gallery de Washington. Fuese de pintores de épocas lejanas o diversas la obra maestra que teníamos en frente, Zapata se demoraba y contaba su historia o anotaba algunos rasgos invisibles para los legos como el que llevaba a su lado. Zapata es un conferencista nato, y oírlo hablar de arte y de artista es una experiencia perdurable.

El caricaturista, el pintor, el profesor de Arte han ocultado a otro Zapata, el que se adentra a través de la historia de Venezuela y de sus personajes, de sus revoluciones, de sus tragedias o tragicomedias. Basta repasar la serie de caricaturas que dedicó a los presidentes venezolanos desde Cristóbal Mendoza a los últimos del siglo XX. A Mendoza le puso estas palabras, irónicas y sarcásticas, pero verdaderas: “¡La peor desventaja de ser el primer presidente de Venezuela es que no le puedo echar la culpa de mis errores al presidente anterior!”. Con una frase resumió la historia de “la culpa no es mía” que se repetirá desde la Primera República hasta su demolición en el siglo XXI.

A Páez: “¡Hace mucho que dejé el coroto, pero todavía tengo oposición!”. A Monagas: “El 24 de enero de 1848 pidió la palabra el diputado Plomo, y desde entonces quedó completamente ruedalibre el presidente José Tadeo Monagas”. A Julián Castro: “¡Venezuela ha sufrido tanto cada presidente que existen serias dudas de que Julián Castro haya sido el peor!”. Al Ilustre Americano: “Bajo el gobierno de Antonio Guzmán Blanco las artes progresaron notablemente… sobre todo la escultura”. A Juan Vicente Gómez: “La democracia sí inventa… ¡ora y que militar votando!”. Y a Pérez Jiménez: “¡Lo único que no hice contra la democracia fue usar su nombre para justificar mis muertos!”.

El caricaturista, el pintor, el profesor de Arte, el conocedor de la historia dramática o picaresca de Venezuela, han ocultado al quinto Zapata, el del espíritu renacentista, el hombre culto, el viajero de novelas, ensayos, poesía y dramas, el hombre de teatro que sube a la escena con sus propios parlamentos. El que se sabe de memoria el Quijote, el que se pasea por los dramas de Shakespeare, por los humoristas de todos los tiempos.

Confieso que he perdido la cuenta de los Zapatas que llevo anotados, pero la he perdido no por mí, sino porque paralelamente me he puesto a pensar en la diversidad de personas y me he embrollado entre los que aquí están registrados en rapidísimo escorzo y los que aún no están. Zapata, múltiple y plural, como el que aparece en estas conversaciones inteligentes y discretamente autobiográficas que ahora podemos disfrutar y guardar como uno de los tesoros de nuestras vidas.

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