Palabra de cardenal, dicha siempre para mal

LA carta que esta semana, con fecha 9 de octubre, nos endilga a los madrileños nuestro arzobispo el cardenal Carlos Osoro, rezuma amor al prójimo por todas sus letras. La titula “¿Eres evangelizador?”, y ofrece unas pautas que nos aconseja seguir para amar a nuestros semejantes. La he estudiado atentamente, porque quiero amar a mis semejantes, entre los que desde luego no incluyo a Osoro: me horrorizaría asemejarme a él y tener que vestirme de mamarracho para hablar con mis semejantes de verdad: estos enemigos del pueblo necesitan disfrazarse con muchas vestimentas y gorros para tratar de impresionar a los ingenuos que todavía acuden a sus templos, pero cada día los tienen más vacíos.

Lo peor de todo es que no puedo confiar en sus palabras, porque está probado que no predica con el ejemplo. Dice lo que se le ocurre para mantener atado y bien atado al pueblo a los dogmas de su secta, y hace lo que le da la gana para conservar su vida de cardenal renacentista, en el palacio arzobispal que hemos levantado los madrileños y otros españoles obligados, aunque no pertenezcamos a ella. Nos hace esta recomendación:

Amar de verdad al prójimo, que es lo mismo que tener compasión por el sufrimiento de tantos hermanos nuestros, y ser capaces de tocar sus llagas, de conocer y compartir sus historias, de acercarnos al apaleado y abandonado para aliviar sus heridas.

Muy bonito, suena muy bien. Pero a mí se me ocurre preguntarle al arzobispo de todos los madrileños a cuántos apaleados y expulsados del Campamento de los Sintecho desinstalado del paseo del Prado ha recogido en su palacio. Porque ha debido enterarse, como jefe de la archidiócesis madrileña, de que el 4 de octubre, cinco días antes de fechar su carta, alrededor de 200 madrileños, no hay cifras exactas, fueron expulsados a palos por 94 policías municipales, supervisados por 50 policías nacionales, de las 141 tiendas en las que habitaban, muy precariamente, pero no tenían nada mejor, en el bulevar del paseo del Prado, entre Cibeles y el Ministerio de Sanidad. Llevaban allí 170 días, desde el 16 de abril, soportando el oscilante clima de los Madriles, que pasa del calor asfixiante al diluvio ahogante.

¿Limpieza de las calles?

Esa tropa policial fue enviada por el alcalde de la villa y corte, perteneciente al partido confesionalmente catolicorromano que se dice Popular, con la colaboración de 45 barrenderos municipales encargados de cargar en 16 camiones todas las tiendas y los enseres de los acampados que no pudieron esconder. ¿Esto es una demostración de amor al prójimo? Así debe de entenderlo el alcalde José Luis Martínez Almeida, puesto que acaba de ser recibido el pasado 8 de setiembre en la orden de la Real Esclavitud de Santa María la Real de la Almudena. De un tipo que en el siglo XXI de la era cristiana quiere ser esclavo se puede esperar cualquier estupidez. ¿De verdad nos merecemos este arzobispo y este alcalde los madrileños?

Los invasores del campamento llevaron a 48 hombres y 9 mujeres al Albergue de San Isidro, y a los demás desalojados les obligaron a marcharse de allí. Era preciso impedir que los viera la delegación de la UNESCO que estaba a punto de llegar, para evaluar la candidatura presentada por el Ayuntamiento para declarar al eje Retiro—paseo del Prado patrimonio mundial de la humanidad. Fue una limpieza de prójimos, mientras en las calles se amontona la suciedad sin que nadie la limpie. Gente no, basura sí.

De modo que alrededor de 140 madrileños sin techo fueron obligados por las fuerzas brutas policiales a deambular por las guarrísimas calles del municipio, y a dormir en los bancos públicos, igualmente cochambrosos, expuestos a recibir palizas de las bandas de extrema derecha que han tomado a su cargo limpiar de pobres las rúas en la capital de la borbonidad.

¿Y qué hace el cardenal?

Una ingenua pregunta: ¿a cuántos de estos prójimos ha cobijado el cardenal Osoro en su lujoso palacio arzobispal? Si nos predica con su supina desvergüenza eclesial que debemos compartir el sufrimiento de los hermanos necesitados y aliviar sus heridas, que con seguridad las tienen porque se las causó la acción policial, ¿por qué no empieza por darnos él buen ejemplo? No ha recibido ni a uno siquiera para enseñarlo a los periodistas. Yo los acogería si no viviera en un humilde apartamento individual en que solamente quepo yo, pero él habita todo un palacio con sus servidores.

¿Y por qué no le sugiere a su antecesor, el nefasto cardenal Rouco, retirado a vivir en el lujo principesco que le estamos pagando con nuestros impuestos, que recoja a algunos prójimos sin nada y les toque las llagas? Podría incluso explicarle que de ese modo tendrá oportunidad para evangelizarlos, porque es más que probable que los sin techo no se lleven muy bien con un dios que los desampara.

El problema mayor de estos cardenales es que ignoran el Evangelio predicado por Jesucristo, lo que les permite vivir en la disipación y el desenfreno. Si se les ocurriese leer siquiera el Evangelio según Mateo sabrían que Jesucristo le comentó a un escriba que deseaba seguirle que no tenía dónde recostar su cabeza (8:20), lo mismo que los sin techo, mientras que los cardenales habitan en el fasto como paganos. Y a los discípulos del bautista Juan que le preguntaban si debían creer en él les respondió que observaran sus actos, y puso como ejemplo que anunciaba el Evangelio a los pobres, solamente a los pobres (11:5), mientras la clerigalla ha convertido el cristianismo en una religión para ricos, con catedrales llenas de oro e imágenes cargadas de joyas.

Si creyeran en lo que predican modificarían su vida disipada, porque también aseguró Jesucristo a sus discípulos que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos (19:24), de manera que los cardenales están condenados. Más claramente se lo explicó a los sacerdotes de su tiempo, que serían casi tan pecadores como los actuales, al asegurarles que los despreciados recaudadores de impuestos y las prostitutas los precederían en el reino celestial (21:31). Que les quiten lo gozado, y los pobres que se aguanten, dirán ellos.

En el caso de que los cardenales considerasen válidos los votos que juran no vivirían como lo hacen, pero no les importan ni los juramentos ni las predicaciones de Jesucristo, al que dicen tener como maestro. Por eso la Iglesia catolicorromana ha caído en el desprestigio en que se halla actualmente, camino de su desaparición porque no tiene dinero para mantener su boato, despues de indemnizar a las víctimas de la lujuria sacerdotal.

Lo peor de todo es que los desalojados del campamento tampoco conocen el Evangelio, y por eso no se les ocurre hacer una procesión para llegar hasta el palacio arzobispal, y exigir al cardenal Osoro que cumpla él lo que predica a los demás en su última carta: que tenga compasión de su sufrimiento, que toque sus llagas y comparta sus historias de apaleados por los policías enviados contra ellos por el alcalde esclavo. Resultaría instructivo conocer su explicación para no practicar lo que predica. Hay que extirpar a esta secta de la sociedad.

ARTURO DEL VILLAR

PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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