Lo que es igual no es trampa

Por Enrique Ochoa Antich

Escuché por primera vez este adagio popular en la voz de Rómulo Betancourt, no recuerdo exactamente en razón de qué circunstancia. Aquí, entre nosotros, podría esputárseles a nuestros irreconciliables extremos. Veamos.

Rasga sus vestiduras el madurista y reclama las acciones oposicionistas conducentes a su derrocamiento a la fuerza. Y tiene razón: sanciones, golpes, guerra civil, guarimbas e invasiones, sólo nos arrastrarían de un conflicto a otro.

Rasga las suyas el oposicionista y protesta los atropellos del gobierno: las alcabalas militares el 5 alrededor de Capitolio, los grupos violentos que agreden y amedrentan, las vivezas parlamentarias para -¡oh atrevimiento!- desplazar al que era presidente legítimo de la AN y ahora no se sabe, los trucos judiciales. Y tiene razón: al régimen madurista le es propia esta tentación, esta deriva autoritaria, militarista, dictatorialista y violenta que vulnera el normal funcionamiento de lo que se supone debería ser un sistema democrático.

Pero hay olvidos que son largos como corto es el amor, según nos dijo el poeta:

Olvida el madurista de vestiduras rasgadas que reclama las necias acciones oposicionistas que el PSUV en las postrimerías del anterior parlamento designó anticipadamente a los magistrados del TSJ para confiscarle esa atribución a la nueva AN de mayoría opositora, y que luego se buscó una jiribilla para inhabilitar a los 4 diputados de Amazonas para nunca más realizar elecciones allá de modo de arrebatarle a la oposición los 2/3 de la Cámara y que no pudiera por ejemplo convocar a Constituyente (como posibilita la Constitución), y que después nunca acataron las citaciones a ministros y otros funcionarios a las interpelaciones parlamentarias (una de las básicas atribuciones de control político de un parlamento), y que además bloqueó por senderos escabrosos el derecho constitucional de la mayoría democrática del país de convocar a referendo revocatorio del mandato presidencial. ¿Alguna razón para sorprenderse de que en la oposición haya cundido como una oscura mancha de petróleo el discurso extremista que invita a salir de este gobierno «como sea»? Se colmó la paciencia, camaradas. Lo que es igual no es trampa, Nicolás querido.

Y olvida el oposicionista de vestiduras rasgadas que protesta con escándalo los atropellos del gobierno este 5, el detallazo de sus propias acciones: ¿de qué abuso madurista pueden quejarse los del G4?, ¿no han procurado acaso el derrocamiento a la fuerza de Maduro, no han propiciado sanciones económicas y financieras contra el país (contra todos nosotros), no se vio a sus voceros en el engañoso sainete ése en el distribuidor de Altamira con ametralladoras y guacales de plátanos, no ha dicho con desparpajo el que era y ya como que no es presidente de la AN que «los venezolanos no le tememos a una guerra civil» (sic), no han rogado de hinojos a las puertas de la Casa Blanca una invasionsita que les haga el mandado y los instale en Miraflores a punta de bombas y disparos gringos? ¿De qué os quejáis, Juancito del alma??? Lo que es igual no es trampa.

Este adagio tiene en nuestro contexto una diabólica significación. La del ojo por ojo bíblico: tú cometes ese abuso y yo cometo éste. In crescendo. Un extremo retroalimentando al otro. Y en el medio, la institucionalidad, la economía, en general el país, deshecho, devastado.

Éste echa la película para atrás y dice que todo comenzó el 11A, cuando a ¡tres años! de llegado al poder, se quiso derrocar a Chávez mediante un golpe de Estado. El otro argumenta que todo se inició cuando el chavismo, mediante una treta electoral conocida como «kino», convirtió su 60 % en 95 % de la Constituyente, imponiendo sin consenso y por mayoría referendaria, un nuevo proyecto de país. Ustedes se lo buscaron, dicen ambos, como en un espejo contra otro espejo.

Ojo por ojo y todos terminaremos ciegos, nos alertaba Gandhi, el del alma grande. Los venezolanos somos una prueba de su aserto.

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