La Iglesia que alimenta el alma y el cuerpo

La parroquia de San Sebastián de Maiquetía, en Venezuela, da de comer a 200 personas. Para muchos, su único alimento del día. La campaña navideña de ACN–España va destinada a colaborar con estos verdaderos hospitales de campaña

Tony llegó a la parroquia a las cuatro de la madrugada, como cada día. «Cuando entré a rezar ante el Santísimo me encontré a un señor sentado en un escalón. Me pareció extrañísimo ver a alguien allí a aquella hora, pero igualmente entré en la cocina y, a eso de las nueve, salí para ver cuántos comensales tendría esa mañana». El visitante se dirigió al cocinero. Tenía la necesidad urgente de hablar con él. «Me pilló un poco apurado».

—¿Necesita usted comer algo? Si espera un poco, entra al turno de comida.

—No quiero comer nada. Solo hablarle.

Ante la insistencia del visitante, Tony se sentó con él.

—Yo ya no aguanto más esta situación, pero quiero agradecerle todo lo que han hecho en la parroquia por mi familia, por mis hijos. Es usted un hombre bueno, siga ayudando a la gente.

En ese instante el hombre vomitó sangre y cayó de costado en el suelo de la iglesia. «No se preocupe por mi, me tomé dos frascos de veneno en la noche. Rece por mi alma», le dijo como pudo. Tony llamó al sacerdote, al 171 –institución venezolana que atiende a los enfermos en la calle–… pero no pudieron hacer nada por él. Falleció. «No soy merecedor de que un hombre antes de morir venga a darme las gracias y a pedir mi oración». «Disculpe las lágrimas, pero aquello me afectó mucho».

Antonio Pereira, Tony, es cocinero de profesión y voluntario en la parroquia de San Sebastián de Maiquetía, un verdadero hospital de campaña que, desde hace tres años, viendo la necesidad de las familias de la zona, puso en marcha un comedor que empezó con 40 personas y ahora atiende cerca de 200 al día. Entre ellos, Felipe, un niño de once años. «Todos los días viene desde arriba del cerro con su padre, en silla de ruedas. Luego vuelve a subirlo». Un día, Felipe apareció solo y le dijo al sacerdote que su padre estaba enfermo. «Tiene fiebre, le dejé solo en casa», explicó. «¿Podría llevarle un cuenco con la comida?», pidió, solícito.

Cada jornada Tony se rompe la cabeza para estirar la materia prima. «Dios multiplicó los panes, y también multiplica el arrocito en esta parroquia, porque a la hora de sentarse a comer, a todos alcanza», asegura el chef, que antes del desastre venezolano trabajó en los fogones de hoteles de cadenas como Sheraton, Intercontinental o Eurobuilding. Arroz con pollo y arepitas, arvejas, pasta con carne molida o lentejas son parte del menú semanal que se hace realidad gracias a la curia, al obispo diocesano, a empresas como Texeira Duarte –empresa que se encarga de almacenar contenedores en al puerto de La Guaira y donde trabaja Tony cada día después de salir de la parroquia–, panaderías de la zona o asociaciones alemanas que envían ayuda religiosamente. «También los feligreses traen cada semana algo y lo depositan en una cesta que llamamos gotitas de amor. Gracias a estas donaciones sacamos dos o tres comidas cada semana». No es ayuda vana. «En comprar algo de carne, pasta y arroz puede irse fácilmente el sueldo mensual de una familia», asegura el padre Martín Vegas, párroco de San Sebastián.

Aun con toda la colaboración, la realidad es que hay días en los que se necesita el milagro. «Recuerdo una anécdota que me llena de esperanza», explica el cocinero. «Nos encontrábamos en la cocina los sacerdotes y algunos voluntarios, preocupados porque no había nada para cocinar al día siguiente. Ante la dificultad, decidimos rezar a san José para que nos ayudase, y cuál sería nuestra sorpresa cuando diez minutos después llegó una señora con 24 kilos de pasta». «Cónchale –exclama, aún sorprendido–, el Señor nos escuchó».

Cada día acuden una media de 200 personas al comedor parroquial. Foto: ACN-España

La parroquia transformada

«Desde que pusimos en marcha el comedor, la parroquia realmente se ha transformado», asegura el párroco. «Siempre tuvo una gran afluencia de gente –los domingos celebramos hasta siete Misas–, pero la actividad caritativa antes era escasa» y ahora llena a diario los salones parroquiales. Con el comedor, pero también con un ropero, un servicio de peluquería o asistencia médica ambulatoria. Se llena de beneficiarios, pero también de voluntarios «que no tienen ni para comer, pero vienen aquí a ayudar a los demás. Es admirable».

El padre Vegas habla orgulloso de su feligresía. «Después de la Misa de la mañana, llegan alrededor de 20 voluntarios a limpiar, cocinar y recibir a las familias». Como la señora Berta, de 80 años, que no solo corta verduras, sino que dona una parte de su pensión social para comprar alimentos. O Carmen, que habla con Alfa y Omega y explica que cada día, a las cinco de la mañana, deja las tareas de la casa hechas y acude a San Sebastián. «Lo primero, entro en Misa. Y luego no voy solo a dar de comer, sino a escuchar a los adultos, a abrazar a los niños y darles cariño y ternura».

—Carmen, explica a Cristina cómo es tu situación.

—Bueno, yo muchos días no como porque no llega el dinero en casa y prefiero quitarme mi plato que el de mi hijo, que está estudiando en la universidad, o el de mi marido, que sufre depresión. Ellos no lo saben.

Muchos de los beneficiarios vienen con necesidad de ayuda, «pero la mayoría viene con sed de Dios», añade el padre Martín Vegas. «Hay evangélicos, santeros y ateos entre nuestros comensales, aquí no preguntamos las credenciales. Pero he de decir que algunos han empezado a creer».

En Navidad tendrán menú sorpresa. Una hallaca, plato típico del país. Pero «el pan de jamón no sé si podrá ser», asegura Tony. No alcanza el dinero. Aún así, la llegada del Niño se celebrará por todo lo alto en esta pequeña parroquia de Venezuela, que ha extendido su ejemplo por otras 15 de la zona.

Cristina Sánchez Aguilar

Tony Pereira, el chef que hace el menú diario, junto a los fieles de la parroquia de San Sebastián. Foto: ACN-España

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