Mientras peor, mejor

Por Enrique Ochoa Antich

Esta mujer abre los ojos y salta de la cama por su celular. Es una pulsión mecánica. Abrasada por un oposicionismo extremo, no hace otra cosa que enajenar su espíritu a las redes.

Lee siempre las noticias esperando lo peor. Y no es mucho el esfuerzo: los desatinos, entuertos y desaguisados del gobierno son tantos y de tan variado género, que encuentra aquí y allá material abundante para su sevicia: hospitales en ruinas, escuelas cayéndose a pedazos, el hambre de tantos, los cortes eléctricos, los cortes de agua, la caída en picada de la producción petrolera, y un sinfín de catástrofes que asolan la vida de los venezolanos.

Dispuesta a dar crédito a todo vilipendio contra la dictadura narcoterrorista que nos gobierna muy a su pesar, retwitea las malas nuevas con desembozado placer. Vale todo, lo que sea. Incluso mentir. Todos los chavistas sin excepción son corruptos, narcotraficantes, torturadores, asesinos, truhanes, zascandiles y pilletes.

Ella, pertrechada de dólares, ciudadana del este de Caracas, alta clase media radicalizada, pitiyanqui, suscribe cuanto diga la Casa Blanca. Sanciones, sanciones, sanciones, quiere más y más sanciones a ver si así derrocan a esta tiranía comunista. No importa que el país sea devastado en el intento. Que el gobierno no se haya desplomado aún, constituye para ella un misterio indescifrable. Sueña cada noche con los soldados gringos desfilando por las avenidas de Caracas como un ejército salvador. Lo que diga el (dizque) «presidente encargado» es santa palabra.

Estos días de pandemia han sido irritantes. Su marido ya ni le dirige la palabra, de tan malhumorada que se ha vuelto. Todo el día escudriña Twitter, Facebook, Instagram. ¿181 casos? No lo cree. El gobierno miente. Tiene que ser que miente. ¿9 muertos apenas? Deben ser cientos. En el fondo, ella quiere que sean cientos. Jamás admitirá que los venezolanos, no sólo el gobierno, hayamos logrado unos resultados envidiables en América y el mundo. La eficacia de Maduro la ofende: la sola idea de que estos comunistas-narcotraficantes-terroristas-hijos-de-Belcebú puedan hacer algo bien, la saca de quicio. Al acatar las órdenes oficiales de aislamiento por miedo al contagio, sufre la contradicción existencial de obedecer a Maduro. No se le ocurre argumentar que parte de ese éxito se debe a la paradoja de una nación en recesión perpétua, con una economía deprimida, y sometida a las sanciones del imperio, a la bajísima movilidad humana que se deriva de todo ello y que impide la trasmisión del virus infecto, no por azar los países más infectados son los de más alto desarrollo económico. Nada consuela a esta señora fuera de sus cabales cada vez que los hermanos Rodríguez presentan en pantalla los números del éxito gubernamental.

Dígame los colaboracionistas, esa raza despreciable de los que quieren votar para legitimar la dictadura, dialogar (válgame Dios, ¡si con los comunistas no se negocia!), y que rechazan la invasión gringa, única opción para salvar a Venezuela del comunismo. Estos políticos pagados en divisas por el narcorrrrrégimen no quieren que el país empeore: ¿habrase visto más traición?

Es que la dama del este de Caracas, como si fuera una joven comunista de los años ’60, cree que hay que hacer peso para que el sistema se hunda. Mientras peor, mejor. Ojalá la peste se cobre la vida de miles. Ojalá se acabe la comida, ahora que escasea la gasolina, y los hambrientos bajen de los cerros y pueda ella ver (por televisión, claro) otro 27F sangriento por las calles de Caracas, a ver qué pasa. Ojalá Trump bloquée nuestras costas con la Cuarta Flota. Ojalá el (dizque) «presidente encargado» convoque por fin la marcha-del-no-retorno y que los encapuchados con sus escudos de cartón y sus bombas molotov se abran paso a Miraflores, aunque mueran decenas en el intento (eso sí, rumia la dama, que mis hijos y nietos vayan a la retaguardia). Tal vez así los militares derroquen a la bestia comunista de uña en el rabo que con su pata de cabra y su tridente flameante mancilla el palacio presidencial.

Sí, que la peste purificadora asole a la patria, a ver si así despierta. Sí, que la chusma padezca hambre, enfermedad y todo tipo de calamidades. Sobre las ruinas de la dictadura construiremos nuestra venganza, rumia la señora. Mientras peor, mejor.

Entonces, como una siniestra mueca del destino, siente el primer escalofrío, palpa su mejilla y nota que está ardida en fiebre, le duelen los músculos, y tose. El virus la ha alcanzado. ¿Qué debo hacer?, se pregunta asustada. En su monedero guarda un papelito doblado en cuatro donde anotó el número telefónico del Ministerio de Salud para emergencias por el COVID19. La dama del este levanta el auricular y lo marca.

(Fuente original: Punto de Corte).

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