Allá todos están locos

por Enrique Ochoa Antich 

Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo toda la vida. Samuel Becket, Esperando a Godot.

Hubo una vez un país rico que era pobre.

Alimentado de petróleo, obtuvo por ingresos fiscales miles de millones de dólares: sus gobernantes no sólo malbarataron y dispendiaron esa riqueza sino que se endeudaron hasta los tuétanos. Pobre país rico.

Aquel país comprendió que era preciso cambiar. Entonces, primero eligió presidente a quien lo había sido una década atrás, y luego, buscando el futuro en el pasado, a quien lo había sido ¡dos décadas atrás! Menudo cambio.

Ocurrió por aquellos años que siendo la democracia más antigua del continente, dizque respetuosa de derechos y garantías, ejecutase sin embargo la mayor masacre de toda su historia, sólo comparable con los fusilamientos de Bolívar en La Guaira en 1814. 

Convencidos del error, comprendiendo que los viejos políticos de siempre no podían resolver problemas que eran novísimos, los pobladores de aquel país voltearon a mirar a una reina de belleza sin fuelle ni discurso. Por su parte, el partido de los grandes caudillos populares del siglo XX persistió en el error y postuló a un anciano politicastro sin dote verbal alguno, apenas recordado por un oscuro inciso de los años ’40. La decepción, el desencanto y la incertidumbre no tardaron en colmar el espíritu de todos. 

Fue así como aquel país se dejó seducir por la oratoria vehemente de un joven teniente coronel golpista: es decir, para corregir los entuertos de la democracia, terminaron por elegir a quien se había alzado con las armas contra ella.

A los pocos años, el nuevo presidente fue derrocado por tres días. O sea, quienes se le oponían, promovieron un golpe de Estado contra el teniente coronel golpista. A resulta de esta taumaturgia, el golpista se trastocó en demócrata y quienes se decían demócratas se trastocaron en golpistas
En ese país, el gobierno celebra como fecha patria la remota rebelión militar contra la democracia protagonizada por su Comandante Eterno, pero condena en cambio la posterior rebelión militar en su contra y a los eventuales golpistas de cualquier rebelión por venir. Aquél era un país de paradojas.
Los opositores del nuevo régimen, los que para vencer a un caudillo popular tuvieron la genial idea de imponer por las armas a un breve presidente empresario, acometieron entonces un paro llamado cívico: su vocero principal aseguraba que no era un paro indefinido sino «indetenible». Poco sutil eufemismo, contradicción en términos, pero no importa. Nunca fue levantado aquel paro sin término. Disuelta por inanición esta revuelta a los dos meses de iniciada, quienes se decían demócratas, sintiéndose vencidos de antemano, decidieron no votar: o sea, los demócratas no votaron y los seguidores del autócrata sí

De esta manera, de disparate en disparate, quienes decían querer derrocar al régimen ya y por cualquier vía lograron que éste controlase la Fuerza Armada, la empresa petrolera y todos los Poderes Públicos. Es decir, lograron lo contrario. País de paradojas, como se ha dicho.
Entonces se iniciaron los mayores contrasentidos. 

En nombre de la democracia directa, se trucó la representación proporcional para que el 60 % se convirtiera en 95 %, y así se aprobó una Constitución democrática con mayoría pero sin consenso. Y ésta no fue sino la primera de muchas contradicciones más. 
En memoria de la revolución federal del general Zamora, se centralizó todo el poder en el Estado, y éste en un jefe único de la causa (como el Benemérito aquél), y se suprimieron todos los controles y contrapesos. Suprimidos éstos, aún blandiendo la lucha contra la vieja corrupción de las cúpulas podridas, terminó por perpetrarse el mayor saqueo de los dineros públicos que registrara la historia de aquel país sin mesura.

Pero el pueblo toleraba todo a cuenta de la reivindicación social que se les prometía, aunque fuese igualándonos todos hacia abajo: cada invectiva contra la oligarquía era un jolgorio, y era un festejo cada estatización de sus empresas hechas con el trabajo «robado» a los pobres. Así, pasó que muchos, demasiados empresarios bajaron sus santamarías y se marcharon a otra parte. Las más de 3.000 empresas del Estado que pretendían producirlo todo: electricidad, lanchas, aluminio, hierro, acero, aceite, café, azúcar, leche, queso, salsa de tomate, cemento, envases, cloro, bicicletas, automóviles, tractores, celulares, computadoras, papel, libros, etc., etc., etc., terminaron por no producir casi nada.

odo lo cual requirió de constantes auxilios financieros para sostener estas miles de empresas improductivas, distrayendo recursos que debieron destinarse a la salud, la educación, la construcción de infraestructura y el mantenimiento de los servicios públicos. Con menos capital privado y mermada la producción que fuera estatizada, aquel país conoció escenas de desabastecimiento y escasez… y apagones y cortes masivos de agua. Ocurrió así que aquel país ya endeudado hasta los huesos por los gobiernos del pasado, terminó por endeudarse ¡cinco veces más!, aún con los precios del petróleo volando por los cielos. Pero la plata no alcanzaba: era mucha la voracidad de los populistas y de los nuevos corruptos. En aquel país surrealista, la arruinada empresa de petróleo, que vendía pollos y verduras, construía casas, curaba enfermos y mil misiones más, requería capital pero regalaba la gasolina …hasta que ésta también escaseó. Así que dinero inorgánico mediante, y liberados los precios para estimular a los pocos productores privados que quedaban, y abiertos los puertos a la importación de todo y para todo, la hiperinflación devoró mil veces el salario real de los trabajadores. Fue de esta suerte que en nombre del pueblo y la justicia social, los pobres fueron más pobres y el hambre se extendió como una peste. La patria es el hombre, cantaba Alí.

País menos democrático en nombre de la democracia. País más corrupto en nombre de la lucha contra la corrupción. País más pobre en nombre de los pobres. País más desigual en nombre de la igualdad y la justicia social. País más endeudado y dependiente, en nombre de la independencia y la soberanía.
-El imperio del norte es Belcebú, dijo el presidente teniente coronel… y a los gringos se les echaron todas las culpas.

Siendo esta revolución bolivariana, siendo una «nueva independencia», retomando la historia truncada con la traición de Páez al Libertador allá por 1830, el gobierno de este país real-maravilloso siguió el ejemplo de Cuba y miró a Rusia y a China. Así que en nombre del antiimperialismo, aquel país de paradojas se concertó con, …y se hipotecó a, otros imperios.

Pero pasó que el caudillo eterno falleció para perplejidad de todos. Despedido por muchedumbres acostumbradas al culto de su personalidad, ese país devastado por su acción desmesurada, postrado y en bancarrota aunque aún no lo supiese, continuó encomiándolo ciegamente. Hasta que un nuevo presidente, más apocado y comedido que el Comandante Eterno, despertó a todos del embrujo.

El nuevo presidente atropelló una y otra vez la Constitución en nombre de la Constitución: designó a sus camaradas en todos los Poderes Públicos confiscando su constitucional autonomía, inhabilitó diputados, reprimió protestas, bloqueó referendos y eligió a dedo una Constituyente sin consultar al pueblo… y muchos denuestos más. 

Pero en este país de paradojas, nadie se queda atrás a la hora de los entuertos y los desaguisados. También quienes se oponen al poder autoritario parecen tocados por el virus de la locura. 

Estos personajes del absurdo, con perdón de Ionesco y Becket, ganan con votos el principal poder real que han tenido en 20 años, pero convocan luego a la abstención. Declaran el abandono de la presidencia de aquél a quien llaman dictador, es decir, alguien que si lo es, se distingue por abusar de su cargo y no por abandonarlo. Excluyen a los diputados de Amazonas como mandó el TSJ, los incorporan de nuevo a la cámara en rebeldía contra el TSJ, los desincorporan otra vez y luego los vuelven a incorporar. Abjuran del desacato que se les impone como legítima mayoría parlamentaria que son, pero no hacen lo necesario para superarlo, estando en sus manos la posibilidad de hacerlo. Bajan el puente levadizo del diálogo pero de seguidas lo dinamitan. Critican la acción represiva de los cuerpos de seguridad del Estado pero pertrechan a unos mozalbetes con escudos de cartón para que la provoquen, no importa al costo de cuántas vidas (de lado y lado). Dizque intentan un golpe de Estado… en una autopista. Discuten la relación subordinada del gobierno con Cuba pero viajan a Washington y caen de hinojos a las puertas del Departamento de Estado rogando ser invadidos. Quieren que se crea que el gobierno es el único culpable de los males que aquejan a la república, pero promueven sanciones que le sirven de coartada. Demandan el apoyo de los militares para sus planes, pero andan en connivencia con gringos y cachacos, lo que los cohesiona alrededor de su comandante en jefe. Proclaman presidente de la república a quien a todas luces no lo es. Proclaman certezas improbables. Van de derrota en derrota autoconvenciéndose de que se acercan a la victoria final. Y, last but not least, planean incursiones armadas cuando todos claman por una tregua para enfrentar la pandemia.

Concluyamos esta crónica.

La ciudad es Montevideo. La ocasión, un evento del victorioso Frente Amplio. Las gentes se congregan alrededor de Pepe Mujica. Al momento, una periodista lo entrompa y le pregunta acerca de la convulsa situación que vive aquel país al norte de la América del Sur llamado Venezuela.

-Maduro está loco, responde, y, siempre risueño, se acerca al oído de la periodista y le murmura: La verdad, allá todos están locos.

Hora pues de que la mayoría sensata de este país sorprendente y luminoso se ponga de pie, y ante los extremos de la insania, del desprecio y de la violencia, impongan el sueño cuerdo de una nación libre y democrática, con progreso y justicia social para todos. Porque aunque nos parezcamos a Macondo y la soledad sea la misma, nosotros sí tenemos una segunda oportunidad sobre la tierra. 

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