El virus del racismo se extiende

CREÍAMOS que el racismo era un problema de los Estados Unidos de América, pero está atacando a Europa, e incluso a Madrid. Es verdad que en los Estados Unidos se ha convertido en una noticia recurrente el que policías blancos maten a jóvenes negros desarmados, debido a alguna sospecha no confirmada, pero en las noticias europeas son ciudadanos blancos los agresores. Es claro que no se puede permitir a un policía matar en la calle a una persona de color por haberle parecido sospechosa de ser delincuente, aunque esa barbaridad se circunscribe a un cuerpo que tiene muy demostrada su fiereza y su desprecio a los negros, en el país que organizó una guerra civil para poner fin a la esclavitud. No obstante, cuando esas acciones criminales son realizadas por jóvenes creyentes de la superioridad de la raza blanca el asunto alcanza mayores cotas de preocupación. O debiera hacerlo, mejor dicho.

En 50 estados norteamericanos se produjeron disturbios de gran violencia para protestar contra la muerte de un joven negro, George Floyd, el 25 de mayo pasado. Un policía blanco se arrodilló sobre su cuello hasta causarle la muerte por asfixia, mientras tres uniformados contemplaban la escena sin intervenir, pese a los gritos de auxilio de la víctima. Sucedió en Mineápolis (Minesota), considerada una ciudad muy culta por sus actividades teatrales, musicales y artísticas, y todo el país protestó airadamente contra la brutalidad policial demostrada una vez más. Son incontables, por lo numerosas las ocasiones en que escenas de este mismo carácter se repiten. Los mandos policiales suspenden de servicio a los policías implicados, y la vida sigue.

Hace 155 años fue asesinado Abraham Lincoln por un esclavista. Oficialmente desde entonces no existe la esclavitud en los Estados Unidos, y todos los ciudadanos poseen los mismos derechos sea cual sea el color de su piel, aunque de hecho la sociedad blanca no los acepta, y no toma medidas para impedir que la policía blanca actúe contra los negros con las mismas intenciones que los integrantes del Ku Klux Klan. No se olvide que esta asociación ultrarracista criminal existe legalmente todavía.

En Italia también

Ya no podemos pensar que esas aberraciones racistas son exclusivas de los Estados Unidos. El virus alcanza a Europa, y se acaba de manifestar en la muy culta Italia. En Colleferro, cerca de Roma, el 5 de setiembre fue asesinado a golpes y patadas un joven negro de 21 años, Willy Monteiro, nacido en Roma, de padres naturales de Cabo Verde. Una pandilla de cuatro jóvenes ultraderechistas estuvo durante veinte minutos propinándole tan bestial paliza que falleció a consecuencia de los golpes.

Los agresores practicaban las artes marciales, y eran conocidos por su agresividad. Según las noticias facilitadas por las agencias de Prensa, el acto fue presenciado por varias personas que los denunciaron e identificaron, pero no se atrevieron a intervenir para impedir la consumación de aquella salvajada criminal.

El día 12 se celebró un funeral catolicorromano, al que asistieron el jefe del Gobierno, Giuseppe Conte, y la ministra Luciana Lamorgese, además de una multitud de ciudadanos que manifestaron públicamente su condena de ese acto abominable. Es muy importante lo que aseguró Conte: “Esto no es un episodio aislado. Existen franjas de la sociedad que cultivan la mitología de la violencia y del abuso.” Nadie le preguntó qué medidas piensa tomar el Gobierno para impedir que se produzcan episodios semejantes. Si hasta ahora no ha hecho nada, pese a saberlo, es de temer que mantenga la política de la pasividad. Así comenzó la masificación del fascismo, autorizado por un rey inútil y un Gobierno cobarde, que llevó a Italia al desastre en la segunda guerra mundial. Y pese a haber sido terriblemente castigado con la derrota, muchos ciudadanos guardaron su camisa negra en espera de tiempos más favorables.

Ofició la ceremonia el obispo de Palestrina, Mauro Parmeggiani, quien pronunció una homilía en la que declaró: “Encontraremos la fuerza para perdonar.” Es un sentimiento muy cristiano, pero ya que se trata de un crimen, y el decálogo divino prohíbe matar, sería mucho más aceptable condenar el hecho, reclamar justicia y exigir que las autoridades civiles pongan los medios para que los grupos ultraderechistas sean anulados socialmente. El obispo debiera buscar la fuerza necesaria para predicar la erradicación de los grupos netamente fascistas, si no fuese porque la Iglesia catolicorromana colaboró con el Fascio, y bendijo sus armas para que su dios batallador le concediese la victoria.

Y en Madrid

Al mismo tiempo se ha producido en Madrid un hecho menos sanguinario, pero con el mismo carácter racista. Ocurrió el 9 de setiembre, en el metro, y las protagonistas fueron tres muchachas de raza blanca, dos de 15 años y una de 16. Sin ningún motivo, fuera de su ideología racista, insultaron a una pareja de color, emigrantes ecuatorianos, y además los escupieron, en este momento en que las autoridades sanitarias obligan a usar mascarillas, e imponen una distancia de dos metros entre las personas para evitar el contagio del virus.

Según las informaciones periodísticas, un viajero protestó por esa actitud vandálica, y fue increpado por otra joven de raza blanca, al parecer sin relación con las agresoras. Es de suponer que el vagón del metro llevase varios pasajeros, pero nada se dice respecto a su actitud. Las extremistas no parece que fuesen armadas, de manera que una reacción decidida conjunta de los viajeros hubiera podido parar la agresión.

Nadie está obligado a comportarse heroicamente, si bien se supone que tres o cuatro muchachas pueden ser retenidas. Bien es verdad que desde hace años el metro de Madrid ha eliminado los jefes de estación y hasta las taquilleras, y raramente se encuentra un vigilante, de manera que no está claro lo que en ese supuesto hubiera podido hacerse con las guerreras. Este acto de salvajismo se une a otros que denotan el aumento de la agresividad en la población. Los fascistas demuestran su poderío mediante esas actividades antisociales: pegan a quienes les parece que visten de una manera inadecuada, asaltan librerías, destrozan el llamado mobiliario urbano, y se sienten intocables con razón.

Ciertos medios de comunicación escritos o audiovisuales incitan con sus comentarios racistas, xenófobos y claramente fascistas a volcar la agresividad contra los ideológicamente opuestos. De ese modo se extiende la impunidad para quienes demuestran un comportamiento antisocial. Es preciso defender la libertad, pero también hay que impedir que esa libertad sea utilizada precisamente para destruirla. Es muy oportuna la reflexión de Saint-Just: Pas de liberté pour les enemis de la liberté! Ellos aprovechan la libertad social para esclavizar a quienes les disgustan. Se lo advirtió el ultraderechista Ramón Nocedal a Gumersindo de Azcárate durante un debate en el Congreso “No discuta conmigo, porque lleva siempre las de perder: usted, con sus ideas, tiene que respetar las mías, y yo, con las mías, le puedo aplastar tranquilamente.” Pensemos en ello.

ARTURO DEL VILLAR

PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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