«Fratelli Tutti»: el papa Francisco escribió un texto notable

A primera vista, la tercera encíclica del papa Francisco parece no estar a tono con los tiempos. Pero solo a primera vista, opina Christoph Strack.

No hay una palabra sobre abuso y clericalismo en la nueva encíclica, ni sobre el aborto y la protección de la vida por nacer. Nada sobre la difícil situación de la Iglesia en China. Nada sobre los caminos sinodales, ni sobre los trastornos del sistema romano en los últimos años, sus escándalos financieros y su intolerancia. Nada sobre el movimiento ecuménico de las iglesias, sobre la urgencia y la espera en la disputa sobre la Eucaristía y el Santísimo Sacramento.

Y el hecho de que cuestiones marginales como el «no a la mafia» se entrometan en algunos lugares tiene que ver con la extraña y larga historia editorial de dichos documentos y no mejora la calidad del texto.

Francisco ha escrito una encíclica en medio de la tragedia del coronavirus. Es un texto contra la práctica de «mirar para el costado», «pasar de lado», «ignorar» o “desentendernos de los demás”, a la que Francisco opone un «nuevo sueño de fraternidad y de amistad social». La redacción del texto ya había comenzado cuando estalló la pandemia.

Una provocación para los estadounidenses

El desafío que plantea el coronavirus intensifica los temas que Francisco discute y denuncia: la codicia, el dominio de los poderes económicos, el rechazo del bien común, el abandono de la obligación social relacionada con la propiedad, el aislamiento de los migrantes, nuevas formas de colonización cultural, el «odio destructivo en la red». Y Francisco enfatiza el estricto no de la Iglesia a las armas nucleares, las guerras y la pena de muerte.

Aunque la campaña por las elecciones presidenciales en EE. UU. no se menciona explícitamente en ningún momento, hay algunos temas del documento que los lectores europeos dan por sentado son una provocación para los estadounidenses, en un sistema en el que la riqueza es un beneficio personal sin obligaciones sociales, y en el que el Gobierno de Donald Trump celebró en su campaña electoral la ejecución de la pena de muerte, además de defender repetidamente el derecho del más fuerte.

«En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas», escribe Francisco. Por otro lado, establece «la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión» como la «ley suprema del amor fraterno». El ímpetu para «reproponer la función social de la propiedad» es más o menos familiar en los sistemas sociales europeos, pero los estadounidenses necesitan algo de tiempo para acostumbrarse.

El revolucionario

Pero la nueva encíclica tiene, además, un impacto completamente diferente. Y dice mucho sobre el papa, personalmente. Porque «Fratelli Tutti» muestra con nueva claridad cuánto se sitúa el líder de la Iglesia tras las huellas de San Francisco, es decir, de Francisco de Asís, un loco revolucionario para la Iglesia de su tiempo, hace 800 años. Cuando, en 2013, el argentino Jorge Mario Bergoglio se convirtió en el primer papa en elegir el nombre de Francisco, la gente tomó nota de esto y lo encontró idílico o impresionante.

A principios de 2019, Francisco se convirtió en el primer papa en viajar a la Península Arábiga. Fue hasta allí para reunirse con una de las más altas autoridades espirituales del islam, el gran imán sunita Ahmad Al-Tayyeb, y firmar un documento conjunto con él. Fue una sensación. Apenas 800 años antes, en 1219, Francisco de Asís se encontró en el Nilo, con toda su pobreza, con el sultán Malik-al-Kamil, viéndose conscientemente como un embajador de la paz durante una cruzada en curso.

Ahora, a principios de octubre de 2020, Francisco, normalmente aislado en el Vaticano en tiempos de coronavirus, se dirigió a Asís el día antes de la publicación de «Fratelli Tutti», para firmar allí la encíclica, en el 794 aniversario de la muerte del santo. Muchos papas, probablemente una docena, ya hicieron peregrinaciones a Asís. Pero Francisco fue el primero en firmar una encíclica allí.

Una comparación final: cuando llegó el momento de morir, Francisco se acostó desnudo en el suelo de una capilla, desnudo ante su Dios. ¿No tuvo algo de desnudez cuando, a fines de marzo de 2020, en la oscuridad del mundo en torno al coronavirus, el papa Francisco oró y suplicó a Dios solo en la Plaza de San Pedro, y bendijo al mundo?

Tras la pista del Francisco histórico

Todas estas huellas de los últimos años culminan en «Fratelli Tutti». En cinco puntos esparcidos por el documento, de principio a fin, el papa nombra al gran imán, nombra a Ahmad Al-Tayyeb. Esto es muy notable, porque casi no menciona a nadie más de manera explícita, y a nadie más en más de una ocasión. Y la nueva encíclica finaliza con el llamamiento con el que también culminó el documento firmado con Al-Tayyeb en Abu Dhabi, el «llamamiento de paz, justicia y fraternidad».

La encíclica como un llamado a identificarse con los más pequeños, en tiempos de coronavirus, populismo y nacionalismo, de pobreza indignante, de riqueza indignante. Jorge Mario Bergoglio sigue, sin dudas, la tradición de los papas; pero sigue también, muy especialmente, los pasos del Francisco histórico. Y este sendero se sale de la estrechez de las pautas oficiales de la Iglesia. «Los creyentes de las distintas religiones», escribe en un momento, y hace un llamado a «todas las personas de buena voluntad».

En la conmoción creada por el coronavirus, y por reconocidos populistas que detentan poder, Francisco advierte muy claramente: el camino de la religión debe ser un camino de las religiones. Para algunos en Europa, y para muchos en Estados Unidos, esto puede ser una provocación. Es una encíclica notable. (rml/dzc)

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