López Obrador, Frena y la oposición por hartazgo

El Frente Nacional Anti-AMLO es un ejemplo reciente de un fenómeno global: las discusiones políticas se han convertido en enojo social sin argumentos. Se trata de una oposición que daña a México y le conviene al presidente.

Por Diego Fonseca

Es colaborador regular en español de The New York Times.

Hace tiempo que las discusiones políticas han perdido argumento para convertirse en un vodevil exaltado donde hay que descalificar al otro y conseguir la gran frase que dé un titular o un tuit: el destino del debate parece ser la provocación actoral, no la confrontación de ideas.

Frena, el autodenominado Frente Nacional Anti-AMLO, en México, es el último ejemplo. Su líder, Gilberto Lozano, es un sorpresivo histrión de derechas con una notoria inclinación por el drama, afecto a la perorata, la sobreactuación articulada y el golpe de efecto. México, sugiere Lozano a menudo, camina a una dictadura comunista, así que él decidió que la solución era denunciar al presidente Andrés Manuel López Obrador por traición a la patria.

En septiembre, los seguidores de Frena montaron un campamento semivacío en el centro histórico de Ciudad de México y reclamaron la salida de López Obrador de la presidencia. Muchos medios encontraron publicable la retahíla de acusaciones grandilocuentes de Lozano. En las redes, quienes adoran ver el fuego del incendio se frotaron las manos con su verba provocadora. El espectáculo del escándalo, servido.

Hay razones. Sin una oposición sólida en el Congreso y un panorama político sediento de partidos serios, Frena y su líder se han convertido en un altavoz de disidencia enojosa ante un presidente todavía muy popular pero que ha llevado su gobierno como un cacique y tomado decisiones severamente cuestionables con la pandemia y la gestión de la cosa pública en general, desde la economía a la eliminación de fideicomisos para la ciencia o la protección de activistas de derechos humanos, periodistas y el medioambiente. Crispada y sin propuestas —salvo que el presidente renuncie—, Frena es una oposición que daña a México.

Sin embargo, y no es absurdo, la derecha soliviantada le conviene a AMLO.

Ambos son demasiado similares: Frena y López Obrador se benefician mutuamente de la polarización mientras la calidad democrática, en constante entredicho en México, se deteriora. La emergencia de personalismos que aglutinan voluntades en ocasiones iracundas —y el arco engloba al Morena de AMLO y al Frena de Lozano— en buena medida recae sobre la crisis de representatividad de los partidos políticos. Estos son herramientas imperfectas, pero históricamente han sabido encauzar e institucionalizar el cabreo social. Pero desde hace décadas y en demasiadas naciones —México dista de ser una excepción— se han convertido en superestructuras de políticos profesionales que viven a distancia de los ciudadanos.

Nada de esto es bueno, claro. Frena es la clásica aglomeración de personas enervadas que, por derecha o por izquierda, han encontrado más espacio político en Twitter, WhatsApp y YouTube que en los partidos. Como muchos otros fenómenos similares, Frena es un signo de época: practica la política del subjetivismo identitario, el desafuero como método y la intolerancia como bandera.

Es oposición por hartazgo. No quieren proponer: desean quejarse, y ya. Y, por lo mismo, necesitan un enemigo vivo contra quien medirse, uno que mantenga la sangre hirviente.

Estos movimientos rara vez se sientan a buscar acuerdos. El eslogan de Lozano es “Solos somos una gota, unidos somos un tsunami”. Nadie entre los suyos parece reparar que un tsunami es un fenómeno que destruye, no edifica: mata personas y cuanto destruye no se soluciona sin costos y esfuerzo. Pero no importa: el único plan es tirar abajo lo que está mal. (No dejaré pasar que AMLO ha hecho lo mismo con el sistema de fideicomisos del Estado: lo derrumbó antes de analizar qué era mejorable).

López Obrador se frota las manos cada vez que Frena promete su tsunami. La torpeza de un discurso desarticulado es perfecta para que el presidente revolee su narrativa abundante en chivos expiatorios. La derecha troglodita exhibida por ese movimiento le sirve la cena a AMLO: mírenlos, eso son, esa es la oposición, el pasado que no nos deja transformar a México.

Y también es el paraguas perfecto para colocar debajo a todo crítico. López Obrador ya llamaba fifís o conservadores a sus examinadores, ahora la ultraderecha le entregó la profecía autocumplida: empresarios y parte de la clase media y alta elevando la nariz por el olor del país. AMLO usará a Frena, hoy solo un globo de ensayo ultra, para inyectar miedo, fatalismo y peligros sobredimensionados que amalgame a sus seguidores. Y en eso también se parecen ambos: el tribalismo político no sirve a las mayorías.

Por ende, advertencia: el enojo profundiza las fracturas. La sociedad ha perdido referencias; no ve canales sanos sino organizaciones más preocupadas por el poder que por sus demandas, así que busca la salvación fuera, en la marginalidad antipolítica. Ejemplos hay en todo el mundo: en España, Vox; en Brasil, la bancada evangelista que apoya a Jair Bolsonaro; en El Salvador, los fanáticos de Nayib Bukele que celebran sus ataques a la prensa independiente.

Esos movimientos no mejoran a las sociedades: profundizan las prácticas antidemocráticas, y por eso necesitamos a los partidos recuperados. Todo buen dirigente sabe que, pasadas las agruras, debe sentarse a dialogar con la otra mitad de la nación pues, simplemente, no puede arrojarlos al mar. La existencia de críticos y adversarios es crucial en política.

Movimientos como Frena no entienden esa lógica, y tampoco AMLO: ambos han nutrido su crecimiento con los restos de otros fracasos. AMLO se alimentó de los desastres de gestión y representatividad del PRI y el PRD, Frena capitaliza la desbandada del PAN. Si viven de la degradación de los partidos, no esperen que ayuden a recuperarlos.

Articulo de opinión del The New York Times.

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