Bielorrusia: entre el diálogo y la violencia, por Fernando Mires

Twitter: @FernandoMiresOl

La reunión de urgencia de la UE convocada por el Presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, emitió la declaración que de ahí se esperaba.

No reconocimiento a las fraudulentas elecciones que dieron el triunfo al autócrata con una cifra escandalosa, exigencia por la liberación inmediata de los presos políticos y solidaridad con todos los sectores democráticos de Bielorrusia.

Cabe destacar tres puntos adyacentes cuya importancia política es fundamental. El primero es que la declaración fue unánime, incluso apoyada sin reservas por el gobierno de Hungría considerado amigo de la Rusia de Putin y por el gobierno polaco, considerado amigo de la Hungría de Orbán. Hay razones que explican esta decisión: ambos gobiernos son miembros de la UE, ambos han firmado el acta de constitución de la UE, ambos, pese a las posiciones nacionalistas que representan, provienen de tradiciones europeas (entre ellas las de los movimientos que pusieron fin al comunismo), ambos enfrentan en sus respectivos países a decididas oposiciones que levantan las banderas de la democracia liberal. Y, no por último, Lukashenko es indefendible.

El segundo punto es que la Europa Unida se pronunció directamente en contra de un enemigo común en defensa de valores democráticos compartidos. Fue, la suya, una declaración de principios

El tercer punto es que ha quedado ampliamente demostrado que la Europa política no coincide con la Europa geográfica. O lo que es muy parecido: hay una Europa democrática y otra Europa autocrática. Entre ambas tiene lugar una guerra política a fuego cruzado.

Putin, con la abierta complicidad del gobierno de Donald Trump, busca desestabilizar a la Europa democrática representada políticamente en la UE y militarmente en la NATO. Pero esta última ha comenzado a defenderse, no solo en contra de sus enemigos internos sino también de los externos. La declaración acerca de Bielorrusia fue un buen motivo para cerrar filas.

La Europa democrática comienza a entender finalmente que es imposible convencer a Putin mediante una vía puramente diplomática para que cese en su proyecto expansionista de características decimonónicas. La lucha, por el momento política, en contra de autocracias como la de Lukahensko, es solo un eslabón de una cadena. La guerra entre Atenas y Esparta no ha terminado todavía.

Para los demócratas bielorrusos el apoyo de la UE es fundamental. Gracias a esa declaración, ellos sabrán desde el 19.08 2020 que no están solos. Al mismo tiempo han comprobado que la gesta que comenzaron a librar en el plano electoral, cuando fueron a defender sin condiciones el derecho a voto, agrupados alrededor de la carismática figura de Svetlana Tsijanóuskaya, ha llegado a convertirse en una sublevación democrática.

Gracias a la oportuna declaración de la UE, la disidencia ha tomado noticia de que la lucha no solo es democrática sino, además, nacional. Pues desde el momento en que el déspota bielorruso llamó por teléfono a Putin, rogando apoyo militar, lo que todos sabían se convirtió en una evidencia: Lukashenko no es más que un perro de presa de Putin bajo cuyo dominio Bielorrusia ha sido convertida en satélite de un imperio regional.

La que comenzó entonces como una simple oposición electoral, ha pasado a convertirse – y eso es seguramente lo que aterra a Putin – en una lucha por la independencia nacional de Bielorrusia.

El camino comenzado a transitar por los demócratas bielorrusos será largo y accidentado. Probablemente – como sucedió con el Solidarnosc polaco – deberán experimentar duras derrotas a lo largo su trayectoria. Ya comienzan a intuir que cualquier apresuramiento puede ser fatal.

Alcanzar los objetivos que aparecen en el nuevo panorama es imposible en un corto plazo. Previendo las dificultades que se avecinan, Maria Kolesnikova, una de las más lúcidas dirigentes del “Consejo Coordinador”, organización que agrupa a la mayoría de la disidencia, expresó que “podría imaginar perfectamente que Angela Merkel fuera mediadora entre las diversas fuerzas en conflicto” (Tagesshau.de, 19.08.2020) Con ello quiso decir: “De Europa esperamos protección”. Y nada más. La línea la decidirá la propia disidencia bielorrusa. Así lo especifícó claramente la declaración de la UE.

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Kolesnikova es consciente de que en este momento caer en posiciones extremistas puede ser fatal. Fue esa razón por la cual solicitó a la UE abstenerse de sanciones en contra de Bielorrusia. Sus palabras son de una claridad que linda con la transparencia: “Yo no puedo exigir un diálogo y una transferencia pacífica del poder y por otro lado exigir medidas de castigo en contra de las personas con las que yo quiero dialogar” (Ibid).

Naturalmente, la UE aceptó la línea que representa Kolesnikova. Por el momento no habrá sanciones. Hay que agotar todas las posibilidades de diálogo. Así se hace política.

Bielorrusia no será liberada de la noche a la mañana, según Kolesnikova. La experiencia histórica vivida por los movimientos que pusieron fin al comunismo en las postrimerías del siglo XX, así lo prueba. Para que al fin alcanzaran el triunfo fueron necesarias dos condiciones. La primera, que los militares sobre cuyas bayonetas está sentado Lukashenko, den la espalda al tirano. La segunda, aún más decisiva: que desde el centro del imperio moscovita comiencen a aparecer fisuras. A la vez, estas últimas solo pueden aparecer si los demócratas rusos logran ascender en su lucha en contra de la autocracia putinista.

Tal vez fue la posibilidad de que la oposición rusa llegue a coincidir y articularse con la bielorrusa lo que llevó al régimen de Putin a atentar en contra de la vida del principal líder de la oposición, Alexei Navalny. Es solo una sospecha, pero cementada sobre la base de muchos indicios. La eliminación física de opositores forma parte del programa del gobierno ruso. Navalny es solo el último de una larga lista a la que pertenecen entre muchos otros, Boris Netsov, Natalia Estemirova, Anna Politkóvskaya, Juri Shchekochijin, Vladimir Golovliov, Andréi Kozlov, Alexander Tivinenko, Nicola Glushkov, Sergei Skripal y su hija Julia.

No obstante, pase lo que pase, los demócratas de Bielorrusia tienen una gran carta a su favor: han perdido el miedo. O como dijo de modo muy expresivo el escritor bielorruso Viktor Martinovish: “Ha lllegado el momento en que la mayoría es consciente de que sería terrible volver a sentir miedo” (Die Zeit, 20.08 2020).

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