El Peligroso Caso de Donald Trump

Orlando Ochoa-Terán / o.ochoa@att.net

   37 psiquiatras y expertos en salud mental evalúan al presidente

Sumario del libro:

En esta era de narcisismo la proliferación de políticos con serios rasgos de personalidad narcisista es dramática. Impulsados ​​por sueños de gloria parecen encontrar en la atención que proporciona la arena política algo irresistible.

 -El ensayo analiza la política y explora sistemáticamente la psicología del narcisismo: la grandiosidad y la arrogancia que subyacen en la inseguridad, la sensibilidad a la crítica y el apetito de aclamación ilustrado en diferentes rasgos de esta personalidad a través de un espectro de políticos nacionales y extranjeros.

 -Aborda el poder de relación carismática de líder-seguidor, así como el impacto de la edad en esta enfermedad que afecta a políticos cautivados ​​por sueños de gloria.

Hoy se cumplen dos semanas de la reclusión de Donald Trump, excepto por breves apariciones públicas. entre ellas la de hoy para saludar, desde un vehículo blindado, a miles de ingenuos americanos que aún creen que él gano las elecciones. Para entender esta perturbación es necesario regresar a su inexperiencia política y examinar las fuerzas que lo catapultaron al poder. Según Maquiavelo, hay cuatro formas básicas por medio de las cuales un príncipe llega al poder. La primera es la destreza, la habilidad personal. La segunda es la fortuna o buena suerte junto con el apoyo de amigos. La tercera es a través de la violación a las leyes. Todos estos factores contribuyeron al ascenso de Trump al poder. No obstante, está persuadido que fue gracias a su genio estable la única razón de su triunfo electoral de 2016. Su sobrina Mary Trump, sicóloga clínica, describe en sus memorias que lo que verdaderamente impulsó a Trump a incursionar como candidato fue la idea de fortalecer internacionalmente la marca Trump que atravesaba entonces una de tantas crisis. Su carrera presidencial fue en realidad, según su sobrina, la más audaz campaña publicitaria jamás concebida. Fue su primer intento de monetizar la política y resultó en una inesperada victoria.
Cualquiera, con cierto bagaje intelectual, habría reparado en la fortuna que originó su ascenso y, con equilibrio mental y de espíritu, recibir este don de los dioses, como lo llamaban los griegos, con cierta humildad. Ocurrió lo contrario, en posesión de un descomunal ego, el triunfo exacerbó su narcisismo y su petulancia. Al día siguiente de su elección de 2016, su adversaria, Hillary Clinton lo llamó para felicitarle y el mismo Trump admitió públicamente que había sido una llamada “encantadora”.  El mismo día lo hizo Obama pese haber perdido el voto popular por más de 3 millones de diferencia. Esto no fue óbice para que inmediatamente desatara un ataque despiadado contra ambos que persistió durante todo el período. 
Reanimar el pasado
Confiado en fabricar de nuevo la obra de la fortuna, se dedicó a gobernar y adular a ese segmento de la población desparramado por la geografía rural de EEUU que les proporcionó el número de delegados que lo llevó al poder. Es decir, esa masa compuesta por el culto a la ignorancia, racistas, anarquistas, supremacistas blancos y morenos, homofóbicos, católicos, protestantes, evangélicos y calvinistas, todos convencidos que la redención de Trump de su vida disipada y libertina ha sido algo así como el proceso de expiación que condujo a San Agustín, de pecador a la santidad. 
El problema fue que para complacer y conservar a esa pelambre rural y religiosa, en el mismo camino dejó una estela de enemigos demócratas, republicanos, independientes, empresarios multi billonarios, la estructura mediática del país, inmigrantes, afroamericanos, el establecimiento militar y las agencias de inteligencias de EEUU que ahora pasan factura.  Su estrategia, si se pudiera llamar así, fue la de replicar un esquema electoral con los mismos factores de 2016 que, en la realidad alterna que se creó, quedaron estáticos. La nueva realidad que surgió en el curso de su gobierno, fue simplemente ignorada, como la pandemia o se retrotraía a un pasado más halagador, recreándose como opositor y dedicando constantemente la artillería de su poder contra Hillary Clinton y Barack Obama, como si se tratara aún de la candidata opositora que él derrotó y Obama el presidente en funciones. En uno de esos arrebatos de desesperación, acusó a Obama de no haberle preparado la estructura para enfrentar el COVID-19 que surgió este último año.  
Pese a haber ganado el poder sólo con delegados, no abandonó la cantaleta de que los 3 millones de diferencia del voto popular con Clinton fue resultado de un enorme fraude, que nunca pudo probar pese a gastar millones investigándolos.  Su persistencia de fraude de 2016 la ensambló ahora con el “fraude” de 2020 y no parece amilanarlo el hecho de que el pasado jueves la Unidad de Cibernética de Seguridad Doméstica de su propio gobierno, anunciara, en contradicción con todo lo que él alega, que estas elecciones han sido las más seguras en la historia de EEUU.  El mismo día el Washington Post tituló: “Biden obtuvo el porcentaje más alto de votantes elegibles en aproximadamente medio siglo”.  
Biden, en su dilatada carrera política ha enfrentado la derrota varias veces. Trump sólo ha conocido el lado luminoso del poder y de alguna manera vislumbra que el mundo alrededor de él se desploma y que su futuro luce terriblemente ominoso. Las instituciones de este país le hicieron pagar un precio muy alto a otro presidente que provocó un embarazoso escándalo de menor calibre que el protagonizado por Trump. En la historia de EEUU ningún presidente se atrevió a cuestionar el sistema electoral. Ni siquiera Al Gore en 2000 cuando perdió la presidencia con los delegados de Florida por 600 votos.
Nadie sabe cómo va a salir Trump de este vergonzoso predicamento, pero las consecuencias no van a ser veniales. Así como el establecimiento de la Roma Imperial no perdonó las humillaciones que les propinó Aníbal, y aplastó a Cartago y la dejó como tierra arrasada para ejemplo de sus enemigos, así el establecimiento imperial americano arrasará con los últimos vestigios de ese accidente trágico que llaman trumpismo. Ese capital político de millones de votos, en otras circunstancias y con otra representación tendría futuro. Este no es el caso, Trump es un reincidente incurable. Si nos equivocamos, hemos perdido el tiempo en apasionadas lecturas de cómo se forjó la historia de esta república que, al cumplir 100 años competía entre las primeras potencias del mundo con decenas de siglos de ventaja, y que se inició bajo la admonición del padre de su Constitución acerca de refrescar de vez en cuando el árbol de la Libertad con la sangre de patriotas y tiranos.                                                
El negocio de monetizar la política
John Charles Turner, quien fuera profesor Emeritus de Sicología Social de la Australian National University, en un ensayo titulado, Explaining the nature of power: A three-process theory, sostiene que “la teoría estándar es que el poder es la capacidad de influenciar y que la influencia se basa en el control de los recursos valorados o deseados por otros”. Sin embargo, el mismo Turner explica que siempre ha habido problemas con esta teoría y propone cambiar la forma como se ha entendido este proceso. Propone invertir la secuencia causal de la teoría estándar de que el control de los recursos produce poder. En la teoría de los tres procesos, Turner sostiene que la formación de grupos psicológicos produce influencia, que la influencia es la base del poder y que el poder conduce al control de los recursos. Esa secuencia fue la que llevó al poder a Trump sin proponérselo. Pero como Trump, por su modo de vida e instinto natural, tiende a monetizar todo, concibe la política como si se tratara de un “business plan”. Llegó a creer que el control de los recursos del país más rico del mundo le aseguraría su permanencia en el poder en contradicción con la ola de influencia sicológica, de persuasión, que junto con la fortuna lo llevó al poder en primer lugar. 
Ahora mismo, en medio de su derrota y trastorno mental, creó una entidad fundacional para recolectar fondos de los sectores populares y financieros que lo apoyaron con la intención de recolectar decenas de millones de dólares para supuestamente financiar el reconteo de votos y pagar la asistencia legal para impugnarlos. Un ex aliado y amigo de Trump, experto en derecho financiero, Anthony Scaramucci, advirtió en CNN que este tinglado de recoger fondos es en realidad una maniobra de Trump para resarcirse de grandes pérdidas de la campaña, cancelar la enorme deuda que arrastra desde antes de ser presidente, agravada ahora después de una campaña electoral ostentosa.

No se trata, como parecen creer algunos venezolanos del culto a Trump, de un país del Caribe con un pintoresco dictador blandiendo un machete o luciendo una gorra roja al tiempo que califica el triunfo de adversarios como una victoria de mier… Es la primera potencia del mundo que desde sus inicios como república en el siglo 18, sin excepción, la transferencia de poderes ha sido, exactamente igual cada 4 años, incólume.

Los sicólogos que ha estudiado el efecto de la condición narcisista en los políticos se han hecho una eterna pregunta ¿qué tan difícil es dejar el poder?

Aparentemente, Donald Trump ya tiene una respuesta…  

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