En la trampa afgana, a China le pueden confundir dos factores

Foto: El número dos talibán mulá Abdul Ghani Baradar y el ministro de Relaciones Exteriores de China Wang Yi, posan en su encuentro mantenido a finales del pasado julio en Tianjin. REUTES/Xinhua/Li Ran

NAZANÍN ARMANIAN

Algún día los ciudadanos de los países de la OTAN, que con sus impuestos son desviados a la industria armamentística, le deberán preguntar «¿por qué durante 20 años de ocupación de Afganistán y estando equipada con las armas más mortíferas de la historia no acabasteis con los Talibán, un pequeño grupo primitivo de extremaderecha, que no tenía ni un solo helicóptero?

Hoy, al igual que en 2002, las familias afganas son asesinadas tanto por los barbaros talibanes como por el imperialismo estadounidense cuya aviación sigue descargando bombas sobre la población: el ataque de los B-52 del 7 de agosto a la ciudad de Sheberghan, dejó cientos de víctima, y el motivo no era otro que deshacerse de las viejas armas, probar las nuevas y encargar la fabricación de otras. En este mismo país, Donald Trump lanzó MOAB, la bomba no nuclear más grande del mundo: en pocos segundos destrozó cientos de vidas y envió 16 millones de dólares, el precio del artefacto, sacados del bolsillo de los trabajadores estadounidenses, a las compañías de armas.

Mientras, China se queja de la «retirada irresponsable y caótica» de EEUU, como si el objetivo de la OTAN hubiese sido instalar un gobierno democrático y pacifista en Kabul: desde 2019, EEUU ya negociaba con Talibán para devolverle al poder, por eso a partir del 2015 empezó a enviar a los «yihadistas» del Estado Islámico a Asia Central.

Las declaraciones de Beijín desconciertan: dan la impresión de que creían que la Alianza Atlántica luchaba contra la amenaza compartida del «terrorismo islamista» (siendo éste fenómeno salido de los sótanos de la CIA y el Pentágono), que no como una amenaza contra la República Popular en su «patio trasero»: pues, Afganistán es el único país con bases militares de EEUU que comparte frontera con China, y según el «acuerdo de paz» firmado con los Talibán, mantendrá la mayoría de ellas. En la década de los noventa, los líderes de Rusia dejaron de cooperar con la OTAN por la «traición» de EEUU. Una acusación absolutamente injusta debido a que los occidentales simplemente hacían lo que suelen hacer: utilizar todos los medios, incluido la manipulación y el engaño, para preservar su hegemonía mundial.

«Ganar-Ganar», el lema de la política exterior china niega el choque natural entre los intereses de los países, dirigidos por las clases alojadas en el poder y capaces de borrar del mapa hasta a los estados como la URSS, Yugoslavia o Libia. A eso de ignorar uno de los principios del marxismo para analizar las relaciones (sociales e) internacionales por parte de China, se añade otro dato, a tener en cuenta sobre la cuestión que nos ocupa: sus mentes formadas con las enseñanzas budistas difícilmente podrán descifrar las claves de las religiones semíticas y los mecanismos del comportamiento de sus discípulos adoctrinados.

Afganistán es el terreno de las rivalidades entre: a) EEUU, Rusia, China e Irán; b) India y Pakistán, y c) Turquía, Arabia Saudí e Irán y Rusia, y en esta compleja situación, los principales interlocutores de Beijín serán 1) los Talibán y 2) la República Islámica de Pakistán. El consejo de Sin Zu, de «Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca» aquí es un error, aunque sea para vigilarles.

China espera poder pacificar Afganistán, mediante conversaciones de paz interafganas, y también la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), en la que Afganistán, Pakistán, India e Irán son miembros. Sin embargo, conseguirlo requiere la desaparición de EEUU, el «tigre de papel«, de la región, algo muy lejos de suceder.

Prioridades de China en Afganistán

  • La estabilidad del país vecino, sin importar cómo se consiga: Beijín tiene magníficas relaciones con los dos regímenes totalitarios islamistas de Arabia Saudí e Irán (e incluso con la teocracia israelí, a pesar de su política genocida hacia los palestinos). Aunque, los Talibán no podrán llenar el vacío de seguridad en Afganistán, su misión actual es todo lo contrario: recrear el «modelo sirio».
  • Contener la amenaza a la seguridad interna: la Región Autónoma Uigur de Sinkiang está pegada a la frontera con Afganistán, país refugio de varios miles de hombres del Movimiento Islámico del Turquestán Oriental (MITO).
  • Proteger sus inversiones y su influencia en los países de Asia Central, todos socios de la OCS son parte de la Ruta de la Seda china. En el propio Afganistan, país con inmensos recursos naturales, la inversión china es de unos 4.400 millones de dólares, en el depósito de cobre de Aynak y el pozo de petróleo de Amu Darya, cuyos trabajos fueron congeladas en 2011 por falta de seguridad.

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Más allá del realpolitik de los gobiernos, para la gente de a pie ¿hay algo peor que un totalitarismo capitalista, fanático, misógino y belicista?

Al contrario de Pakistán y Rusia, China rechazó la petición de la OTAN de utilizar su territorio para enviar suministros a sus tropas en Afganistán, por el temor a la reacción de los islamistas.

¡Cuidado con los Talibán «evolucionados»!

La prensa estadounidense habla de China como el único país capaz de poner orden en Afganistán. Algo sospechoso ¿no?

Mientras avanzan hacia Kabul, ante una rendición organizada de los gobernadores de las provincias, los veteranos» seminaristas» han lanzado una ofensiva diplomática en los países vecinos con el fin de 1) neutralizar su oposición e incluso atraer su respaldo con un lavado de la cara, presentándose como hombres de estado: «¡Mirad! ¡Hemos dejado de ser terroristas!«, y 2) obtener legitimidad en el escenario internacional, donde se está normalizando el ascenso del fascismo al poder, de forma sigilosa y en fases.

 «Dado su peso político y militar en Afganistán, se espera que [Los Talibán] desempeñen un papel constructivo en el proceso de paz, estabilidad y reconciliación del país» dijo el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, al recibir a Mullah Abdul Ghani Baradar, jefe político del grupo. ¿En serio o se trata de la cortesía oriental al dar la bienvenida a un invitado nazi? Beijín insiste que no está en contra de los talibanes, sino que se opone al terrorismo, el separatismo y el extremismo, los «Tres males». Baradar, en respuesta, se refirió a China como un amigo confiable y le aseguró que la «cuestión uigur» es un asunto interno de este país, y que ellos no permitirían ninguna actividad «anti-China» en suelo afgano.

Cabe mencionar que hay dos clases de Taliban, y ambas fueron creadas y entrenadas por la CIA, con el dinero saudí, y apadrinadas por los servicios de inteligencia pakistaní (ISI): los millonarios residentes en Qatar, agentes de la CIA, y títulos universitarios, como el «doctor» Mohammad Wardak, o el «licenciado» Abbas Estanikzai. Estos se presentan con modales diplomáticos y mucha habilidad en el arte de «Taghiya» «disimulo, mentir», un recurso religioso ampliamente usado por los islamistas, como cuando Jomeini aseguró en Paris que el Partido Comunista estaría libre y las mujeres no serían forzadas de llevar el velo. Luego están los decenas de miles de lumpenproletariado brutos, los desclasados, delincuentes sacados de las cárceles, soldados del ejército pakistaní vestidos de Talibán y los contratados por las empresas de mercenarios de EEUU que llevan turbante y se camuflan entre la turba. Los primeros no tiene ningún control sobre los segundos que están marchando sobre Afganistán y están a punto de llegar a Kabul.

¡No se fíe ni un pelo de Pakistán!

Después de la Operación Gerónimo de matar al fantasma de Bin Laden, lanzada por Obama en 2011, sin avisar a los pakistaníes y además violando la soberanía nacional del país ultranacionalista, Islamabad que ya había sido tirado a la papelera por EEUU fue recogido por China, y convertido en un importantísimo aliado contra India.

«EEUU le ha dado de manera estúpida a Pakistán más de 33.000 millones de dólares durante los últimos 15 años, y ellos no nos han dado nada (más que) mentiras y engaños, y han tratado a nuestros líderes como tontos«, lamentó Trump, aunque el Pentágono, desesperado por recuperar este país calve en la región, organizó un encuentro entre el primer ministro Imran Kan y Trump en enero del 2020, para debatir su plan de talibanizar Afganistán. Pero, Biden lo ha echado todo a perder: desde su investidura aún no ha llamado a Imran Khan, siendo ésta la noticia más importante de la prensa local. EEUU ignora que el desaire a Islamabad le puede salir carísimo, mientras China debe leer varias veces la cita de Trump y saber que la influencia de Pakistán sobre los Talibán también es relativa.

Si por una parte, India teme que Pakistán y China le cerquen desde Afganistán, y el grupo terrorista Lashkar-e-Taiba de India se active desde este país, Irán está organizando en Afganistán al grupo yihadista chiita Fatemiyun, entrenado en Siria, y recogiendo a  la milicia «Mohammad, Rasul allah», creada en 1987 para derrocar al gobierno socialista del doctor Nayibulah. Los ayatolás, que llevan años tratandos con los talibanes de Doha invitaron hace unos días para ofrecerles su apoyo a cambio de integrar a varios chiitas hazaras afganos y fieles a Jameneí, en su futuro gobierno. De este modo, EEUU e Irán, además de en Iraq cohabitarían en Afganistán. Que la mitad de la población hablase un dialecto de persa antiguo llamado Dari «Lengua de la corte real» facilita la influencia de Teherán en este país.

El asalto al poder de los islamistas pashtunes afganos coincide con la renovación del Acuerdo militar de Visita de Tropas (VFA en inglés) entre Filipinas y EEUU el 30 de julio, cuando parecía que Rodrigo Duterte iba a establecer una asociación estratégica con China.

Gestionar estas amenazas deja sólo tan dos alternativas, ambas negativas, ante China: una intervención militar o recogerse para observar lo que sucede.

No existen «talibanes buenos», y no habrá un gobierno de coalición en Afganistán debido al supremacismo de los islamistas. China ha ignorado a las arraigadas fuerzas progresistas afganas y se ha volcado en atraer la simpatía de la derecha comprometida con EEUU hasta la médula.

A estas alturas, no habrá  «Happy End» de las películas estadounidense para los afganos, sobre todo para sus mujeres, que tendrán más guerras hasta la desintegración del país.

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