José Vicente Rangel

por Enrique Ochoa Antich

Aborrezco la práctica de usar la muerte de un personaje público para ajustar cuentas con él. Cuando Chávez enfermó y leí tantos tweets de gente celebrando su mal, yo reaccioné indignado y reclamé compasión. Fue una de mis tantas rupturas con la oposición extremista. Y cuando murió, le dediqué dos columnas, echando el cuento de cómo lo había conocido, nuestras coincidencias y nuestros desacuerdos. Con la muerte de José Vicente Rangel me pasa algo parecido. Por eso escribo esta columna. Sé que me ganaré los insultos de quienes creen que gritando más alto se es más de oposición, pero no es mi estilo: no lo ha sido ni lo será nunca.

Lo conocí personalmente un día de 1972, a mis 17 años, en un recorrido del MAS por el barrio 8 de Diciembre, debajo del viaducto de San Cristóbal, cuando todavía ni candidato era. Alguien le dijo que yo era hijo del mayor Santiago Ochoa Briceño, expreso político de la dictadura, exgobernador del estado Táchira (el primero de la democracia) y embajador por entonces en Ecuador, y fue directo a darme un abrazo. Siempre recordaré con agradecimiento ese gesto.


José Vicente Rangel fue mi primer candidato presidencial. 1973 era nuestra primera comparecencia electoral y, mientras el bipartidismo literalmente se había «tragado» a partidos de prosapia y populares como URD y el MEP, el MAS insurgió como el tercer partido nacional y el primero de la izquierda democrática y no comunista. Éramos una esperanza. Su afiche de cuerpo entero, con una imagen que evocaba a José Gregorio Hernández (creación de Jacobo Borges) impactó a la opinión pública nacional. Aún recuerdo y puedo tararear la canción de Alí Primera _José Vicente-MAS_. En la plaza O’Leary, sitio de nuestro cierre de campaña, escuché a Aquiles Nazoa dedicarle un hermoso poema. 

Más allá de nuestras diferencias desde que en 1976 decidí respaldar a Teodoro como abanderado del MAS, siempre mantuvimos una relación afectuosa y respetuosa. El debate fue intenso y extenso, y por momentos rudo, como fue todo en la vida interna del primer partido que tuvo en Venezuela una fisiología organizativa democrática. Con el apoyo de Pompeyo y de buena parte del liderazgo histórico del MAS, José Vicente nos ganó esa contienda, y con igual entusiasmo, participé en la dirección de la campaña electoral juvenil del partido.

Su libro _Expediente Negro_, sobre la detención, desaparición, tortura y muerte de Alberto Lovera en los años ’60, y su acompañamiento de su viuda, María del Mar, marcó mi juventud y creo que sembró en mí una semilla que me llevó luego a ser activista por los ddhh. Así mismo, su reciedumbre en la denuncia, cuando en 1976 fue detenido, torturado salvajemente y asesinado Jorge Rodríguez, y su cercanía a sus dos pequeños hijos huérfanos: eran las evidencias de que en democracia se violaban sistemáticamente los ddhh. Teodoro siempre me habló con consideración, más allá de sus diferencias políticas y hasta personales, incluso en tiempos de chavismo, de quien cuando la izquierda escogió el equivocado camino de las armas en los ’60, estuvo allí para apoyarlos en el resguardo de sus derechos.

Esa violación masiva de los ddhh dentro de un sistema democrático, quedó en evidencia con la masacre de los días posteriores a la rebelión popular del 27F. El 2 de marzo, a las puertas de la morgue, con los cadáveres desnudos apilados a sus puertas pues su capacidad había sido sobrepasada, me tocó denunciar ante los periodistas de Venezuela y del mundo la hondura de la tragedia. De allí nació el actual COFAVIC. Cuando, a proposición mía, exhumamos los cadáveres del «Caracazo» en la fosa común de La Peste, José Vicente me invitó a su programa y pudimos tener una interesante conversación sobre los ddhh. Que él me felicitase por la actividad que estábamos desempeñando, tratándose de quien tenía sus credenciales en la materia, fue para mí un mérito.

Cuando por aquellos días fundamos el Comité de Pensionados del IVSS para luchar por una consigna que tuve el honor de proponer: que la pensión mínima se indexara al salario mínimo, lo que al final conseguimos con la reforma de la Ley del Estatuto de 1997, le dimos a él para su programa de tv y a Teodoro para su programa de radio, el teléfono de la Secretaría del MAS para los DDHH, pequeña oficina de 2 x 2 en Pajaritos, en la Fracción Parlamentaria. En adelante, las asambleas mensuales de pensionados se hicieron multitudinarias y se hacían a diario colas de gente llevándonos sus denuncias de todo tipo.

Luego vino el 4F. Y vino Chávez. Estuve en casa de Rangel cuando presentó a los medios la entrevista que había logrado extraer de Yare. Aunque sostuve una postura que buscaba comprender las causas del alzamiento de los militares más que condenarlo, pero rechazando (lo hice por escrito) todo intento de golpe militar, de izquierda o de derecha, no compartimos el mismo entusiasmo respecto de ese liderazgo insurgente. Gracias a su cercanía, Chávez abandonó la vía insurreccional, entró en la ruta democrática y llegó al poder. La última vez que lo visité fue en la Cancillería, allá por 1999.

Como he dicho, aborrezco que una muerte sea usada para denigrar de una persona a cuenta de su actuación pública en vida. Podría reclamar que no se sumara a la candidatura de Teodoro en 1983 como sí lo había hecho éste con la suya en dos ocasiones, y que más bien fuese candidato de la izquierda anti-masista, lo que nos complicó todo; o su voto decisivo en el Congreso para exculpar a Carlos Andrés Pérez por el caso Sierra Nevada, a contrapelo de la fracción del MAS; o que no haya cumplido a cabalidad, como creo debió haber hecho, su condición crítica frente a la deriva autoritaria y autocrática del chavismo. Pero no es el momento para polemizar sino para la compasión.

A sus deudos, en particular a su viuda, a José Vicente hijo y José Vicente nieto, y a todos sus compañeros de lucha en las filas de los simpatizantes del gobierno, mis sentimientos de solidaridad.

(Publicado en _Punto de Corte_).

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