Los cuatro tiempos de la oposición (II)

por Enrique Ochoa Antich

La semana pasada, en la primera parte de este trabajo, pude comentar acerca de los primeros tiempos de oposición al proyecto chavista que llegó al gobierno mediante el voto popular en 1998.

Identificamos con el número 1 el período de lucha democrática, pacífica y constitucional que fue de 1999 a la rebelión ciudadana del 11 de abril de 2002 y cuyo escenario principal de disputa fue la calle y cuya demanda principal fue la renuncia del presidente.

E identificamos con el número 2 al primer brote extremista que va del 12 de abril de 2002 a diciembre de 2005 y con la letra «a» su inicio: el golpe militar (con sustento en vastos sectores de la burguesía nacional y de la alta clase media y el respaldo explícito de los EEUU) que se produjo el 12 de abril en horas de la madrugada cuando el Alto Mando de la F.A. «ofreció» (sic) la presidencia a Pedro Carmona (según sus propias palabras) y que terminó el 13 de abril con la restitución de Chávez a su cargo: recordé que aunque redactó de su puño y letra los términos de su renuncia -salir con su familia al exterior y respetar la sucesión presidencial que pautaba la Constitución-, es cierto que nunca la firmó.

Luego vino un interregno en que en la dirección política de la oposición convivieron corrientes democráticas que querían desplazar al gobierno por la ruta democrática: diálogo, negociación, protesta pacífica y voto, y otras que querían derrocar a Chávez por la fuerza, es decir, por la vía insurreccional. Continuemos con la numeración mencionada:

  1. 2002-2005: primera ruta extremista:

b. El paro:

Como siempre, la oposición acudió luego de la derrota militar y política del 11A, al diálogo al que convocaba un Chávez contrito que había provocado y acelerado aquellos eventos pero cuyo desarrollo se le había ido de las manos (hasta el punto de terminar preso en La Orchila, escenario que estoy seguro nunca consideró). Si se revisan con cuidado estos 22 años de hegemonía chavista, se notará que las cuatro o cinco veces cuando la oposición ha acudido a la mesa de diálogo (procesos que en total no suman más de 2 años de aquellos 22, los otros 20 han sido de permanente confrontación) ha sido siempre después de una derrota: cuando se siente victoriosa, apela a la ruta extremista y busca la extinción del adversario. Y esto es porque, como varios actores de la MUD al interior de sus partidos expusimos en un documento en 2014, no se internaliza al diálogo como una estrategia sino como una maniobra, a lo sumo una táctica (en el sentido que los militares dan a estos tres conceptos).

Así las cosas, justo cuando ese diálogo estaba a punto de ofrecer una resulta, a saber: la convocatoria de un referendo consultivo mucho antes de 2004 al que Chávez le otorgaría carácter vinculante para determinar su permanencia en el poder, el extremismo, que había mostrado su hórrida primera faz en la madrugada del 12A, volvió por las suyas, y, aunque la decisión de la Coordinadora Democrática de entonces (de la que quien suscribe formaba parte) fue la de un paro cívico limitado en el tiempo (dos, tres, a lo sumo cuatro días, llegué a proponer yo en alguna declaración), los sectores extremistas de la oposición impusieron, por la vía del hecho cumplido (como lo fue el golpe de Carmona), un paro insurreccional indefinido («indetenible» era el eufemismo usado por Carlos Ortega, emplazado por un Comité Ejecutivo de la CTV en el que la propuesta del paro indefinido había perdido 10 votos a 3). Así, incumplíamos los compromisos asumidos en la mesa de diálogo y abortábamos las negociaciones. Estamos en los meses postreros de 2002.

Por aquellos días tumultuosos y extraviados, las organizaciones de la sociedad civil que hacían parte de la CD (la mitad de sus integrantes pertenecían a una plural representación partidista y la otra mitad a la sociedad civil) se reunió a instancias de Gente de Petróleo (la reunión fue en la sede de Queremos Elegir, en La Castellana) y, expresada su consulta, le recomendamos unanimemente no sumarse al paro pues en su caso, dada la cadena de producción de la industria petrolera, según nos explicaron, su participación significaba fatalmente convertir un paro limitado en el tiempo en otro indefinido. Luego se produjo el asalto a la casa de uno de los directivos de GP, Juan Fernández, y la desmedida represión de una pequeña concentración en Chuao: tengo para mí que ambas acciones fueron ideadas por la dirección política chavista para provocar a sus adversarios y, como Zamora en Santa Inés, llevarnos a su terreno privilegiado de lucha, el de la fuerza. Así, creo que cayendo mansamente en esa trampa, la de un taimado pero eficaz Chávez, el paro reivindicativo y democrático se transformó en una estrategia insurreccional. Quienes rechazábamos esta opción, perdido el apoyo de partidos como PJ y AD que cambiando su postura inicial
se sumaron a ella, cometimos el error de aceptar un «comité de paro» con mayoría extremista en el que la única voz contraria al paro indefinido (de cinco integrantes que tenía) fue Elías Santana. Literalmente nariceados, como se hace con el ganado vacuno, fuimos arrastrados a este penúltimo capítulo extremista de esta etapa (como veremos en mi próxima columna, el último fue la necia abstención de 2005).

Recuerdo que al segundo o tercer día del paro llegué a la reunión de la Coordinadora Democrática con algunos minutos de retraso (a las puertas del hotel Tamanaco se encontraban las bandas de motorizados de alta clase media en sus potentes Harley-Davidson gritando «¡Paro! ¡Paro! ¡Paro!»). Me sorprendió ver que con inusitada rapidez se estaba disolviendo el encuentro (ya el «comité de paro» estaba en los hechos sustituyendo a la CD) por lo que me apresuré a pedir la palabra.

-Imagino que lo único que ustedes han discutido hoy fue cómo detener esta torta (la palabra escogida fue otra de más subido tono), dije con lacónica vehemencia.

VTV, dirigida por Vladimir  Villegas, trasmitió una conversación telefónica mía con mi hermano Fernando en la que yo, exaltado y molesto, le dejé saber mi convicción absolutamente contraria al paro insurreccional que se estaba organizando y que a mi modo de ver se estaba conduciendo a la oposición y al país criminalmente hacia el abismo. Esa exposición mediática de mi franco parecer, me hizo sentir por primera vez en carne propia el rechazo y el desprecio de una oposición extremista de derecha aristocrática y de alta clase media, que ya se había nucleado como actor conciente dentro de la CD (para decirlo con lenguaje marxista, pasó de clase en sí a clase para sí) y que, incompetente, necia y tonta, había logrado hegemonizar con sus valores, su cultura y sus intereses al conjunto de la oposición de entonces.

Timoteo Zambrano me dice que no, y que fue él mismo el encargado de hacerlo, pero yo en mi memoria no tengo noticia de la declaración explícita de cesación del paro, y creo que conmigo pocos venezolanos la tienen. En todo caso, ya en enero de 2003 estaba claro que el paro estaba muriendo por inanición y que sólo había logrado fraguar la gran coartada que por años Chávez usaría para explicar el creciente deterioro económico y social que sus políticas estatistas y populistas estaban creando y que eclosionarían a partir de 2007.

A la derrota política y militar del 11A, la oposición sumaba ahora la derrota social del paro cívico o petrolero, como se le quiera llamar. Y si con el primer brote extremista las fuerzas democráticas entregaron la F.A. perdiendo casi de un todo su influencia en ella, con este segundo error estratégico entregó PDVSA.

La próxima semana consideraremos el episodio del revocatorio de 2004, al que una oposición que fuera vigorosa y quizá mayoritaria en 2002 acudía ahora debilitada y desprestigiada, nacional e internacionalmente, luego del 11A y el paro; la tonta abstención de 2005, fraguada por la manipulación que SÚMATE hizo de la opinión pública con base en su falsa versión acerca de la vulneración del secreto del voto; y, si el espacio nos lo permite, el inicio de la larga y exitosa ruta democrática iniciada con el golpe de timón que supuso la participación en las presidenciales de 2006 y el pacto Petkoff-Rosales-Borges y que condujo a las victorias electorales de 2007, 2008, 2009, 2010 y 2015.

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